EL MINISTERIO DE LA VERDAD

Por Edgardo Arrivillaga

Después de la Guerra Fría, la economía es el nuevo campo de batalla de los servicios de inteligencia.
O no tan nuevo, ya que algunos países –como Alemania y Japón- mantienen desde hace décadas una sugestiva integración y fluidez entre el espionaje político "público" y el espionaje empresarial "privado". En este contexto, el gobierno norteamericano saliente creó un nuevo superorganismo de inteligencia para coordinar la inteligencia geoeconómica. Mientras tanto, la Argentina se debate en su eterna interna partidaria.


La administración Clinton finalizará su mandato con una profunda revisión de sus sistemas de inteligencia. en función de los nuevos oponentes, y la desclasificación de documentación relativa a los períodos mas duros de la Guerra Fría, por lo menos en América Latina. En Chile y Argentina, particularmente, solo pueden ser leídas en una clave de análisis estrictamente pragmática .Ocurre que los americanos son duros vendedores de automóviles usados, al menos cuando se lo proponen, y liquidar a la línea de vendedores en favor de los nuevos modelos es un accidente de marketing previsible en una economía basada en la autodestrucción automática de los bienes perecederos. Ahora se ve, con claridad, que la era de la información tenía variables y lecturas diversas aunque en gran medida las pautas mercantilistas parecen ser simples y eficaces mecanismos simbióticos tributarios de una misma concepción: la del beneficio tecnológico y la conquista de mercados.

Pero no hay que engañarse con el encanto superficial de la historia revisitada por el vecino. Quien desclasifica tiene la potestad olímpica de recrear lo desclasificable. Y si bien los derechos humanos constituyen un clivaje esencial del nuevo pragmatismo revisado por los nuevos vientos de guerra económica, la situación simbiótica del aliado o pueblo culposo unilateralmente por su pasado no nos debe inspirar ingenuidades wilsonianas. Pese al emerger de la tecnología -o más precisamente de la guerra tecnológica-, o justamente a causa de ella, en ninguna situación de competitividad estratégica parece funcionar la amable leche de la ternura y esto nos lleva al corazón de las tinieblas de los servicios de inteligencia en la aroniana República Imperial. Es que los faros de luz patrióticos tienen exorcismos diferentes.

Para los europeos y japoneses, los códigos son otros y a veces hasta metodológicamente opuestos si bien los objetivos puedan ser los mismos. Entre tanto en la Argentina, como en otros países latinoamericanos  los elementos azarosos, anticuados, inevitablemente románticos de los servicios fundadores y arquetípicos inspirados en la vigencia del Estado-Nación (el británico y el francés, en esencia) parecían apuntar su centro de gravedad indagatorio, auscultatorio a lo que simplemente se caracteriza en términos exquisitamente técnicos como contrainteligencia (espionaje y contraespionaje), sin tener en cuenta que los anacronismos locales, las obsolescencias del propio desarrollo tecnológico convirtieron a la llamada Tormenta del Desierto en el verdadero contraparadigma triunfador de la batalla tecnológica de un siglo bélicamente iniciático.

Es que en verdad la tormenta no tuvo nada de tormenta pese a la imaginería de Hollywood. y al esplendor majestuoso y aséptico de la CNN. Se trató, mas bien , de la mayor concentración de medios electrónicos de inteligencia y contrainteligencia jamas reunidos y más tarde --en Kosovo-- la metodología fue perfeccionada. convirtiendo el teatro de operaciones en un ejercicio aire-tierra con un mínimo de compromiso de fuerzas terrestres. La guerra de las Malvinas, hace ya casi veinte años, había sido un inesperado ejercicio de estas técnicas. Pero con muchos más muertos militares y mayor ahorro de población civil. También con menor plasticidad intelectual para analizar las causas genuinas, políticas, diplomáticas y tecnológicas de la derrota estratégica argentina y de las imprevisibles dificultades tácticas de los británicos.

Lo cierto es que Clinton se va no solamente siendo el artífice de una brillante gestión económica, extraida sigilosamente de la casaca de sus adversarios republicanos. También se convierte antes de su salida en el creador del Consejo Nacional de Seguridad Económica, que pretende establecer una articulación permanente entre los organismos de seguridad del Estado americano -jaqueados por una pléyade de anacrónicas juridisdicciones estaduales--, la estructura bancaria y esa coordinación mas o menos informal que por años ha atormentado el imaginario de las izquierdas latinoamericanas: el complejo militar-industrial.

El objetivo clintoniano apunta a ganar competitividad y a evitar la esterilidad de la toma de decisiones (la paz, la guerra, el conflicto de baja intensidad, la represalia comercial, y por supuesto la guerra total) que acompañan, a veces, los actos galvánicos, burilados en un metal marcial, de una nación-continente que ha pasado en menos de una década del equilibrio de la paz a la paz hegemónica y posteriormente a la paz imperial sin solución de continuidad.

Clinton no ha inventado nada nuevo. Ha tomado enseñanzas del sistema alemán, en donde la inteligencia del Estado está potenciada, de forma sinérgica, por las empresas alemanas en el exterior: un Estado descentralizado pero sin feudalización estadual y una concepción ajena a la idiosincrasia americana que es la del patriotismo económico alemán. Se suma a esto la estrecha relación que mantienen las delegaciones diplomáticas con sus conciudadanos en el extranjero --Alemania es el país que cuenta con la mayor cantidad de diarios y publicaciones en lengua alemana fuera de sus fronteras-- y la ferocidad operativa de una policía industrial que no ha bajado la guardia con la finalización de la Guerra Fría. Por el contrario, la ha incrementado. Algo similar hicieron los franceses bajo la administración de Balladur en l994, ya que advirtieron lo obvio: los vencedores de la guerra del Golfo fueron los países que intervinieron en la reconstrucción de las ciudades destruidas, no en su aniquilamiento.

Mas tarde, en Kosovo, los europeos aplicaron la receta, y la unión transitoria de sus empresas constructoras para reparar caminos, hospitales y acueductos ha dejado el viejo sello de una pax romana, aquella que se otorga al vencido. No es casual, entonces, que las tendencias aislacionistas americanas con respecto a la masa euroasiática puedan potenciarse en el futuro. Helmut Schmidt acaba de adquirir en nombre del Estado alemán reunificado 40.000 millones de dólares de acciones de empresas en el Este europeo. Así, cada actor busca su propia América Latina en su esfera de influencia mas cercana.

Pero también Japón tiene su estrategia neoimperial. A través de la casi constitucionalista definición de responsabilidad patriótica-colectiva, la inteligencia japonesa desarrolla una visión a largo plazo --treinta años contra diez de los occidentales-- de sus operaciones de penetración económica en el mundo. Este mecanismo estratégico presenta facetas inesperadas. En principio lo jurídico. El Estado japonés es garante de la obtención de toda información económica, científica y cultural que resulte útil a los intereses nacionales. Segundo punto, la visión de la inteligencia supone en principio una visión global del mercado mundial y una visión regional -GLOCAL- de los mercados regionales. Tercer punto, Japón ya está desarrollando el concepto de tecnoglobalización, etapa superior de la globalización actualmente en curso y su penetración cultural -a la inversa de la americana- sigue los moldes británicos. Es decir, no pretende modificar las pautas culturales de los mercados elegidos, evitando los evidentes problemas de insolubilidad linguística y cultural. Ultimo punto de relieve en esta panoplia que conjuga inteligencia económica y política: Japón es el país extracontinental que otorga mayor énfasis a sus operaciones de desinformación, y las inesperadas sorpresas de su producción automotriz tienen la glacial belleza de un bonsai intelectualmente refinado pero no menos mortífero para las economías abiertas.

No es casual, entonces, que el pragmático presidente americano, ya saliente pero joven aún, haya potenciado su nuevo Consejo de Seguridad Económica. Con Europa la situación puede coexistir a caballo de la debilidad europea para financiar sus costos de Defensa. La situación en Japón es diferente y Estados Unidos está virtualmente a la defensiva en diez industrias clave: aviación comercial, electrónica de consumo, máquinas herramientas, materiales industriales, automotores, textiles, productos químicos, semiconductores, ordenadores y fotocopìadoras. Ejemplo paradigmático en un país en donde el automóvil tiene un valor de uso y no de capital: el treinta por ciento del mercado americano de automóviles ya ha sido conquistado por Japón.

En América Latina, por su parte, las cenizas de la globalización y la privatización de las empresas estatales en la última década han dejado una situación de duelo familiar imposible de resolver, al menos por ahora. Solamente el Brasil ha creado un Consejo de Seguridad e Inteligencia Económica. Mientras tanto, en la Argentina, todavía envuelta en la feliz infancia del internismo partidocrático mas avanzado y garantista.

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