REFLEXIONES AL PIE DE LA HORCA

Por Abel B. Fernández

"Nada da más certeza a la mente de un hombre que saber que será ahorcado en la mañana", recuerda esta nota que decía el Dr. Johnson. Y la economía argentina se encuentra en un cruce de caminos parecido, entre medidas cortoplacistas que sólo aspiran a emparchar los equivalentes electorales de una carrera de obstáculos y la confusión de los economistas en medio de un baile de máscaras de figuras que se reparten roles históricos tan variados como los de Bill Clinton, Alan Greenspan y el propio general Videla.

El peso no puede ser devaluado sin destruirlo. Y la dolarización que propagandiza Menem es pegarse un tiro para evitar la muerte. Ya la volveremos a tener, de hecho y probablemente de derecho, el día que se anuncie la primera devaluación.

El Estado argentino, desde que existe, no ha dejado de aplicar políticas activas, con los conservadores, los radicales, los peronistas, los militares; por supuesto, también el gobierno de Menem lo hizo, y aún el de De la Rúa las aplica, aunque hasta ahora ha logrado el difícil equilibrio que se anulen mutuamente.

I: Un psicólogo ahí

A mediados de 2000, uno de los técnicos en economía que proliferan en los organismos internacionales causó una miniconmoción cuando dijo que no había explicaciones objetivas para los problemas actuales de la economía argentina y recomendó a los argentinos psicoanalizarse. Ante todo, hay que decir que los políticos y periodistas que en nuestro país se escandalizaron por esta confesión de fracaso deben tener en cuenta que toda la política económica de nuestro gobierno estuvo (está) firmemente basada en un diagnóstico similar: lo más importante, casi lo único, que debíamos hacer era infundir confianza a los mercados, esto es, convencer a los inversores que somos altos, rubios, buenos pagadores y racionales en economía, e inmediatamente, o en pocos meses, nos llenarían de dinero a tasas baratísimas y todos nuestros problemas estarían resueltos.

Bueno, hace ya once meses que De la Rúa y Machinea se empeñaron en esa tarea, y no sólo no lo consiguieron; cada vez están más lejos de la meta. Nuestro país está en la recesión más larga de su historia económica moderna, tiene una tasa de desempleo del 16 por ciento y una marginalidad ya estructural (ninguna de las dos de origen reciente, pero que se agravan mes a mes); una parte significativa de sus sectores medios fantasea con emigrar; tiene el triste privilegio de ser el país más importante que no creció cuando la economía mundial estaba floreciente y sus acreedores le renovaban los créditos (hasta mediados del corriente año) y apunta a ser el país foco - al entrar en cesación de pagos - de la próxima crisis global, ahora que la locomotora estadounidense está perdiendo fuerza (el "blindaje" nos lo prestan para conjurar este riesgo, y no por nuestra cara bonita). Algo pasa, y no parece psicosomático.

Al mismo tiempo, es importante destacar que el técnico aludido al comienzo no está sólo en su perplejidad. La mayoría de los economistas teóricos con prestigio internacional la comparten: La Argentina está haciendo, desde hace más de diez años y en particular en este momento, lo que la sabiduría económica convencional recomienda. Por supuesto, cada analista señala lo que Argentina en su criterio no hizo aún (que puede ser la flexibilidad laboral, la eliminación de la corrupción, la autocrítica de Alfonsín, temas que recogen sus epígonos locales cuando coincide con un interés particular de ellos), pero precisamente por ser buenos economistas conocen perfectamente los casos de países que ostentan "falencias" equivalentes y no les va tan mal como al nuestro. (La sabiduría económica convencional es como la medicina convencional: se puede cuestionar el fundamento científico riguroso de sus afirmaciones, y es aún más fácil ironizar sobre sus fracasos, pero cuando uno está enfermo, es una mala señal que el médico esté confundido).

Por ejemplo, uno de los más inteligentes de los economistas modernos, y ciertamente el más desenfadado, Paul Krugman, sugiere con insistencia, como parte de su reivindicación de Keynes, que la raíz del problema actual argentino está en aferrarse a un tipo de cambio fijo, es decir, en la convertibilidad. Pero al mismo tiempo, afirma rotundamente que no debemos abandonarla. Y él es el más audaz de los que opinan sobre nosotros.

Ahora, asumiendo sin reconocerlo el fracaso de su enfoque, el gobierno recurre a endeudarse aún más para conseguir un respiro por lo menos hasta las próximas elecciones. No es una irresponsabilidad nueva en la política argentina, y lo acompaña con compromisos de rebaja de gastos futuros en jubilaciones y otros que le exige el FMI. Es lamentable, pero no lo peor, que lo hace sin repensar su estrategia, en realidad, sin tener un diagnóstico nuevo de dónde está parado. Lo realmente grave es que ni los empresarios locales ni mucho menos los inversores internacionales tienen la menor esperanza que estas medidas sean una solución. Basta escuchar lo que dicen en privado. Más claro, basta tomar nota de los despidos y las suspensiones que se anuncian. ¿Y por qué habrían de tener esperanzas? El déficit previsto, que se supone va a reactivar la economía, es el mismo de fines del gobierno de Menem, cuando ya estábamos en recesión. El Plan de Infraestructura hasta ahora sólo produjo anuncios. ¿Se piensa que el gasto público en planes Trabajar y en ñoquis estimulará la economía?

Los mercados financieros no son tan sabios como creen sus panegiristas ni están tan coordinados como creen sus enemigos. Pero no están formados por imbéciles y por su naturaleza anticipan lo que piensan que va a pasar. Mucho antes de las elecciones, antes de lo que razonablemente cada tomador de decisiones calcula (ésa es la esencia del mecanismo "Puerta 12"), este esquema se derrumbará. Dadas sus características, esto no implica necesariamente el fin de la convertibilidad; pero no habrá ni un dólar ni un peso para inversiones, no habrá crecimiento ni nuevos empleos.

¿Hay una salida, además de Ezeiza? Puede haberla. Después de los cambios de Menem, en medio del tanteo de De la Rúa, los argentinos estamos mejor situados para empezar a entender lo que nos pasa. Sin abandonar las herramientas teóricas, (curiosamente, tenemos buenas carreras de economía, para un nivel universitario general bastante deteriorado), podemos percibir directamente todos los factores que hacen a nuestra realidad. Y el Dr. Johnson decía que nada da más certeza a la mente de un hombre que saber que será ahorcado en la mañana. El fondo del pozo en que nos encontramos puede ser un buen lugar para reflexionar en cómo salir de él.

El sentido de este artículo es el de aportar algunas ideas a la discusión que falta, partiendo de un diagnóstico de porqué estamos como estamos. (Como argentino, tengo un compromiso político, pero lo pongo a un lado por unos momentos para pensar con más objetividad. Tengo claro que no se puede separar lo que se quiere de lo que se piensa, y que será necesario que muchos metan las manos en la política para conseguir lo que creamos necesario.) En opinión del que escribe, hay tres categorías diferentes de motivos - que interactúan entre sí: 1) errores graves de este gobierno, y del resto de la dirigencia; 2) problemas estructurales no reconocidos de la economía argentina; 3) los que surgen de estar mal preparados para el cambio en proceso de un sistema global. Empiezo por el primero.

II: Los políticos - El hombre que quiso ser Clinton

De la Rúa llega al gobierno con la obvia intención de repetir la experiencia de Clinton (no con becarias, supongo): descartar rápidamente la mayor parte de una plataforma "progresista" y ganar la confianza de los mercados con una política económica ortodoxa y prudente --básicamente, reduciendo el déficit-- y aprovechar la prosperidad resultante para una etapa moderadamente distribucionista que le permitiera la reelección. Así como Clinton respetó la continuidad de Alan Greenspan al frente de la Reserva Federal, De la Rúa conserva a su equivalente funcional, Pedro Pou, y tiene en Machinea al hombre ideal para ejecutar esta política, porque está convencido firmemente de ella.

Hubo un error, y en algo mucho más fundamental que la cuantía del déficit heredado; porque por supuesto, la discrepancia en el déficit no es un monto que falta, sino es la diferencia en lo que se espera recaudar. Pero esto apunta a la real equivocación: Clinton se enfrentaba a una estructura económica viable, con algunas debilidades importantes por todo su inmenso tamaño, pero que respondía a estímulos moderados en forma previsible. El presidente argentino, no. Aún no habíamos llegado al Primer Mundo.

En realidad, De la Rúa, como casi seguramente Alvarez, admiraba, aunque no lo reconociera en público, las reformas económicas de Menem-Cavallo. Quizás no deba ser culpado por pasar por alto que no habían sido suficientes para encauzar en forma estable el proceso productivo argentino. No muchos lo veían, ni aún entre los que estaban en contra. Fue su falta de reflejos políticos para variar su enfoque en tiempo lo que lo condenó. Ahora, obligado por la realidad, recurre, sin convencimiento, al mecanismo de endeudarse más de lo que Alfonsín y Terragno, en formas diferentes, planteaban. Prefiere no pensar que hace doce años el anterior presidente radical recurrió también a un parche improvisado para llegar en pie a las elecciones. Se llamaba "Plan Primavera" y su hombre clave fue el entonces presidente del Banco Central, José Luis Machinea.

El peronismo no tiene hoy una conducción política unificada que le permita hacer los acuerdos políticos y sociales necesarios para bancar una política alternativa. A Alvarez, que tiene la lucidez suficiente para percibir el abismo, esa misma lucidez lo convence que su actual espacio político le sirve para expresar la protesta pero no para edificar alternativas. Cavallo, que cuenta con un partido de centro-derecha pero aspira a liderar más que eso, no se lanza - todavía - a gritar que el rey está desnudo porque no quiere que se lo señale como el que provocó la catástrofe. Los gobernadores están atados por idéntica necesidad de respiro que tiene el gobierno nacional. Y la misma crisis fuerza a cada sector social, desde los piqueteros de Jujuy hasta los fabricantes de automóviles, a pelear por sus necesidades o intereses propios, sin margen de considerar una política para el conjunto.

III: Los economistas - El hombre que fue Videla

Comparar a Machinea con Videla es injusto; no hay ningún indicio que el ministro de Economía haya contemplado jamás una política de exterminio físico, excepto, quizás, involuntariamente, por hambre. Pero hay algo que tienen en común, y son sus apoyos críticos. Es sabido, aunque no se quiere recordar, que en los primeros años del Proceso figuras conspicuas del progresismo argentino defendían a Videla en público y en privado, y algunos internacionalmente. El razonamiento era simple: Videla era un moderado; si caía, detrás de él vendrían los ultras.

El paralelo es claro: el ala "progre" de la Alianza defiende firmemente a Machinea, porque la alternativa sería un liberal duro, que vendría y haría cosas terribles: bajar los sueldos, reducir las jubilaciones, prorrogar las concesiones quince años antes de su vencimiento... El sarcasmo no es para el ministro, que hace lo que cree que debe. Va para los dirigentes que son incapaces de a la vez aceptar las limitaciones de la realidad e imaginar alternativas posibles.

El resto del pensamiento económico argentino no exhibe mayor flexibilidad mental: los técnicos que se ubican en lo que hace veinticinco años se denominaba el campo popular se limitan a demonizar el neoliberalismo, del que critican sus obvias limitaciones teóricas y los desastres que se cometieron en su nombre, pero no plantean nada que no signifique volver a un pasado idealizado. Para evaluar lo que pensaba la gente de ese pasado, baste recordar que voceros de la llamada receta neoliberal fueron votados por sólidas mayorías en casi todo el mundo, incluso en nuestro país en 1995, después que Menem y Cavallo habían desmantelado el viejo sistema y se percibían ya algunos costos. Los economistas que ocupan en la Argentina el papel de voceros de la derecha muestran mayor solidez técnica en su producción, pero resultan poco convincentes cuando tratan de explicar por qué esta política, que en principio aprueban, no está funcionando. Carlos Rodríguez y Miguel Ángel Broda, por ejemplo, a veces dan la impresión de suscribir la explicación psicológica: los mercados no le "creen" a Machinea. Parece que le miran a los ojos y se dan cuenta que él no piensa realmente que el capitalismo es lo mejor. Como dijo Olmedo: "Si no me tienen fe ..."

Resumiendo, la primer categoría de motivos para el deterioro argentino tiene que ver con las limitaciones que muestra su dirigencia. Se puede suscribir la reciente autocrítica de Duhalde, si no olvidamos que nuestra sociedad no está habituada a exigir a sus dirigentes preparación y rigor.

IV: La dolarización que ya ocurrió

Entre las debilidades más graves de nuestra sociedad y sus dirigentes, hay una que compartimos con todas las sociedades que no tienen instituciones fuertes: el cortoplacismo, que se preocupa sólo por los resultados inmediatos y no piensa en las consecuencias. Explicable y perdonable en los acosados por la pobreza y la ignorancia, no lo es en los gobiernos, el actual y los anteriores, cuando encaran el ajuste del Estado o la política educativa.

También el manejo del tipo de cambio entró en esta categoría: Argentina se vio impulsada a devaluar una y otra y otra vez por sectores ahogados por sus costos y gobiernos que no podían prescindir de la emisión, hasta que finalmente destruyó por completo su moneda; entonces, naturalmente, ya no había porcentaje de devaluación menor que infinito que permitiera exportar o estimulara el mercado interno. Y en nuestro país -al contrario de Brasil, el país con una historia de inflación comparable- los gobiernos no habían sabido crear y conservar a través de los años instrumentos indexados que permitieran convivir -mal- con la inflación, evitando el desplazamiento de la moneda local. Entonces el pueblo argentino, desde los ahorristas hasta las viejitas que cobraban su jubilación, optó por una dolarización de hecho: adoptó el dólar como moneda de ahorro, y en buena parte como moneda de cambio. No llegó a pagar el colectivo, pero se podía pagar el taxi con dólares.

Debe reconocerse que Cavallo, que como cualquier economista no puede evitar ser consciente de las ventajas del manejo del tipo de cambio, en particular de la devaluación, como instrumento de política económica, llevó a cabo el único esfuerzo serio en las últimas décadas para reconstruir la moneda argentina, atando su valor al de una moneda creíble. Pero aún no se ha logrado ese objetivo (Cuando piensa en el precio de una casa o de un auto caro, ¿usa instintivamente pesos o dólares?). Por lo tanto, el peso no puede ser devaluado sin destruirlo. Y la dolarización que propagandiza Menem es pegarse un tiro para evitar la muerte. Ya la volveremos a tener, de hecho y probablemente de derecho, el día que se anuncie la primera devaluación.

Una hipótesis con que algunos políticos cerca del poder juegan es que el propio Cavallo sería el único ministro de Economía posible que puede anunciar "Desde hoy, la relación peso-dólar es de 1,25 a 1.-" y al mes siguiente todavía sea cierto. Mmm, ... quizá. Sin embargo, un problema central no reconocido de la economía argentina es su tendencia - en condiciones de estabilidad - a una relación de precios desfavorable a la exportación. Se la puede rastrear desde la Colonia, cuando los cabildos se veían forzados a ajustar el precio del trigo, pero el ejemplo más relevante y cercano es el de la gestión Erman González-González Fraga, donde en el marco de una política económica ortodoxa y un tipo de cambio flotante, el dólar era percibido como barato ... hasta que las variables se fueron de control (repasar los diarios de la época).

Este problema, que parece estar vinculado al escaso papel del comercio exterior en el PBI, no ha sido suficientemente estudiado, pero hay un punto básico en el que podemos estar de acuerdo desde los datos inmediatos de la realidad. Una hipotética devaluación razonable -un 25 %, por ejemplo- no alcanza por sí a hacer competitivos internacionalmente a la industria y el transporte locales: ver la diferencia de precios. Esto es especialmente cierto si gatilla, como es de esperar, otra devaluación en Brasil. Y con una devaluación mucho mayor, ni Cavallo ni Mandrake evitan una estampida inflacionaria y la quiebra del Estado argentino.

V: El cambio no percibido

Otra limitación, ésta muy típica de la sociedad argentina, se puede simplificar con el nombre de "provinciana". No, por supuesto, la idea de una tradición digna y respetuosa que todavía sobrevive en pueblos y ciudades de nuestro interior; me refiero a la actitud que Jauretche llamaba "tilinga": el estar pendiente de las ideas y debates en Europa y Estados Unidos, sin tener más que una visión superficial y periodística de cómo surgen de y expresan la historia y las tensiones de esas sociedades, y, naturalmente, sin hacer el esfuerzo de traducir esas ideas a nuestra realidad. Sólo en un país muy cholulo se puede escuchar a menudo, en bocas de "izquierda" y de "derecha", descalificar una noción diciendo que "ya pasó de moda".

No estoy insinuando que -como suponían los intelectuales que apoyaban la Alianza- las reformas de Menem fueron fruto de una moda ideológica. A partir de 1989, se planteó desde el gobierno una nueva alianza de clases, expresada en términos políticos en el reparto de poder en el Estado entre el Partido Justicialista y la U.C.D. y sectores afines, en torno a una política económica procapitalista y la propuesta de convertir a la Argentina en un país normal del "Primer Mundo" con una relación preferencial con los Estados Unidos y sus aliados. Ese proyecto conservó el poder durante diez años, y dejó a la oposición y a sus herederos disidentes el desafío de construir una alternativa coherente y estable.

Pero saber lo que se quiere no es idéntico a saber cómo se lo consigue. Menem prueba primero dar el manejo de la economía al grupo Bunge y Born, que procede a aplicar un keynesianismo tan ingenuo como el de Grinspun con el primer Alfonsín. Frente al desastre --la segunda hiperinflación-- se decide a recurrir a las recetas del entonces vigente "consenso de Washington", con la convicción y firmeza que las identifican en nuestro país con la expresión "menemismo". Estas recetas, instrumentadas principalmente a través de los instrumentos legales pergeñados por Dromi, cumplen en Argentina la función de barrer la mayor parte de un sistema económico que se había tornado parasitario e inviable por sus patologías demasiado crecidas: el fraude impositivo (ej.: grupo Koner-Salgado), el crédito a pérdida y sobre todo, un fenómeno exacerbado por los gobiernos militares al que el radicalismo no supo poner coto: las empresas estatales ya privatizadas en su provecho por pequeñas y no tan pequeñas mafias (ej.: Entel, correos, etc., etc.).

Recordar: esas recetas igualmente no alcanzan a encauzar el proceso productivo, ni siquiera logran la estabilidad, hasta que Menem incorpora a un ejecutor heterodoxo y eficiente como Domingo Cavallo. (Debería recordarse que en ese momento, 1990/91, eran los grandes bancos los que se oponían a Cavallo en Economía, precisamente por sus antecedentes en el Banco Central).

Pero el aparente éxito - en términos políticos - de estas medidas, unido al provincialismo mental, congelan los términos del debate durante diez años hasta dejarlos fuera de la realidad. Menem propone resolver las falencias del menemismo con más menemismo, reeligiéndolo y dolarizándonos; y la Alianza se define por la crítica a Menem, con los resultados que tenemos.

Se ignora que ya no tiene sentido estar a favor o en contra del "consenso de Washington" y del neoliberalismo como políticas económicas posibles para un país emergente, no porque hayan pasado de moda o se las condene en Europa, sino porque ya terminó el proceso de transformación que comienza en E.E.U.U. y en Inglaterra a fines de los ‘70 y que las impulsó. (Agrego que siempre hubo en ellas un entronque en la tradición cultural anglosajona, que hizo que sus versiones locales fueran malas traducciones.) Aún la síntesis concluida durante el primer mandato de Clinton y que fue el contenido real de la tan remanida palabreja "globalización" --el esfuerzo por promover la desregulación y la apertura de los mercados, y facilitar la compra de empresas locales por multinacionales-- ya no está en fuerza: a partir de la crisis asiática, comienza una paulatina pero constante reducción de la inversión financiera en los mercados del Tercer Mundo (o Segundo, Giavarini dixit).

Esto no significa que Estados Unidos ha dejado de ser una potencia hegemónica, vitalmente interesada en el comercio libre y que permitirá, por ejemplo, ignorar por otros los acuerdos de la Organización Mundial del Comercio. Pero ya se han dejado en el olvido los esfuerzos por imponer un convenio que garantice inversiones en forma multilateral, porque ya no hay interés real en conseguirlo. Más significativamente, China y Malasia han ignorado con éxito la ortodoxia. Menos significativamente, el discurso oficial del Banco Mundial habla de convertirse en un instrumento de inclusión. Lo más fascinante de todo, hace muy poco el Consejo de Comercio y Desarrollo norteamericano, un think tank respetable, instó a las economías asiáticas, a la luz de su experiencia reciente, a concentrarse en el desarrollo nacional, en el ahorro interno, y en aumentar la demanda interna a través del incremento de salarios y el gasto público!

VI: Qué hacer

Los consejos y exhortaciones a extranjeros son los más fáciles de todos. Tengamos claro que lo que antecede no implica que en la Argentina o en cualquier lugar del mundo se pueda volver a las políticas económicas de los ‘50 y ‘60, y muchísimo menos a las de los ‘30 y ‘40. Ese mundo ya no existe. Estamos en una etapa de experimentación y búsqueda, lo que no quiere decir que será piadosa con la irresponsabilidad.

De todas formas, hay una conclusión que parece imponerse, aunque sea personalmente dura de aceptar para alguien que, como el que escribe, pasó muchos años discutiendo, en los tiempos pre-Menem, para que el peronismo abandonase su prejuicio estatista: la Argentina necesita que su Estado intervenga masiva y eficazmente en la economía con políticas activas. Seriamente, no hay muchas dudas posibles, aunque sea cuestionado por ideólogos del liberalismo local tan alejados de la realidad como sus equivalentes marxistas. El Estado argentino, desde que existe, no ha dejado de aplicar políticas activas, con los conservadores, los radicales, los peronistas, los militares; por supuesto, también el gobierno de Menem lo hizo, y aún el de De la Rúa las aplica, aunque hasta ahora ha logrado el difícil equilibrio que se anulen mutuamente. Con políticas activas que no asfixiaron a la sociedad la Argentina creció espectacularmente, y con otras políticas activas se estancó y retrocedió. En principio, lo que estoy planteando es simplemente que debemos tomar conciencia de ello y que vuelve a ser un objetivo válido del Estado aumentar su poder para ejecutarlas.

Pero por supuesto, hay más preguntas que deben ser contestadas, o no tendría sentido haber escrito hasta aquí. Voy a empezar a responder algunas, las básicas, sabiendo de sobra que sólo una mayoría clara de los argentinos podrá terminar las respuestas.

¿Cuáles son las políticas activas a ejecutar?

Apoyar las empresas que exportan, con todos los recursos no expresamente prohibidos por la OMC. Incluso el subsidio indirecto es beneficioso para el país, si la exportación no es ocasional y el exportador invierte de su propio capital para conseguir un mercado. Ayudar a formar nuevas empresas exportadoras con préstamos de riesgo, si los empresarios arriesgan también su propio dinero. Utilizar la alternativa ALCA-Mercosur para pelear mercados. Estar listos para la valorización del euro.

Aplicar ya el denostado Plan de Infraestructura, sin inventar más demoras (no es tan bueno, pero es infinitamente mejor que no hacer nada). Aceptar presencia de empresas extranjeras, para mantener los costos en razón, pero garantizar la mayor parte a las locales (Peyrou tiene razón: los constructores argentinos se van a aprovechar ¿Y qué? ¿Algún país formó su clase empresaria con hermanas de la caridad?).

Aplicar un mecanismo de financiación similar al ideado para lo anterior para solventar la construcción por miniempresas de viviendas familiares en ciudades pequeñas. Que se vendan en cuotas iguales a un alquiler en el conurbano bonaerense. No Martínez, González Catán. (A la larga se perderá dinero; con el Plan de Infraestructura también. Las cárceles son más caras).

Todo el dinero que un desocupado recibe por un plan Trabajar o similar será a cuenta de lo que le pague cualquier empleador. Usar la categoría de "empresa social" propuesta por Jorge Rampoldi.

Podría seguir tirando ideas, pero no son tan extraordinarias, ni hace falta que lo sean. Sólo agrego algo para subrayar un concepto: El beneficio empresario debe ser respetado, pero no asegurado. Cualquier cosa que se garantice, incluyendo la continuidad del trabajo, no debe eliminar el riesgo empresario. La gran ventaja que tuvo el capitalismo sobre el socialismo es que, en el capitalismo, las empresas quiebran.

¿Cómo se financian?

No tocar el "blindaje". Usar lo menos posible de préstamos, que vendrán si empezamos a crecer. Tomar la idea de Cavallo: tratar de inventar un negocio para que el capitalista haga para su beneficio lo que queremos que haga (Seguro, nos van a explotar abusivamente, cómo gracias a Menem lo hacen ya españoles, ingleses y otros más; la alternativa es quedarnos en el pozo, serenos en el convencimiento que nadie se está beneficiando con nuestro fracaso).

¿Cómo se evitan las patologías ya conocidas?

Hay un mandamiento al respecto: "No robarás". En un plano más técnico, trabajar con los mercados, y no contra ellos. Tenemos ejemplos recientes de políticas activas que no han sido desastres: el más importante, de lejos, el caso de la industria automotriz. Está bien, los autos son caros y sólo podemos exportar a Brasil, en forma regulada. Pero no son las "fábricas con rueditas" de otras promociones y no están usando matrices descartadas veinte años atrás en Estados Unidos. Para desmentir que creo que ser radical es incompatible con tener cerebro, me arriesgaré a afirmar que me parece que el acuerdo recién firmado con Brasil sobre autopartes por la secretaria Giorgi es un excelente ejemplo de política activa posible, aunque tenga a los fabricantes de autos histéricos.

¿Quién decide cuáles serán las políticas activas?

Hay un mecanismo para tomar esas decisiones, y se llama "política". Si va a ser algo más que un buen curro, es si se lo usa para esta tarea. Si los sectores populares, como se les dice ahora a los que Evita llamaba sus "grasitas", quieren recobrar algún control sobre su destino, deberán dar esta pelea. No es nueva, pero hay una diferencia importante con la experiencia histórica del pueblo argentino: no será para repartir mejor una riqueza acumulada por otros, aunque fuera con el esfuerzo de los trabajadores. Va a ser para decidir cómo y para quién se crea.

¿Quién las aplicará?

"¿Quién sino Cavallo?". Al menos, eso es lo que se pregunta una buena parte de la sociedad. Hay otra, también numerosa, que no quiere saber nada con él, pero no tiene hoy por hoy otro candidato para el rol. Y cuando no hay opciones es difícil detener la corriente. La duda es si esta vez aceptará ser solo el Ejecutor o apostará a obtener el poder político. y si es así deberá determinar con que respaldos.

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