TEMA DEL TRAIDOR Y DEL HEROE

Por Claudio Uriarte

La figura del vicepresidente, tradicionalmente poco más que decorativa, está hoy en el centro de las expectativas políticas argentinas. Porque, por un lado, está vacante, y por otro, porque surge como la paradójica última esperanza de un gobierno todavía muy lejano del fin constitucional de su mandato. Pero la figura del vicepresidente se potencia mucho más allá de lo decorativo. Aquí, un recorrido por diversas vicepresidencias extranjeras clave ayuda a explicar de qué hablamos cuando hablamos de vicepresidente.

Spiro Agnew es mi seguro de vida; ¿quién querría matarme sabiendo que luego Agnew, como vicepresidente, asumiría la presidencia? RICHARD NIXON, 1970.

Cuando era chico, soñaba con ser el presidente norteamericano; ahora, en cambio, quisiera ser la Bolsa de Valores: me muevo un poco, y todo el mundo tiembla.UN FUNCIONARIO DEL DEPARTAMENTO DEL TESORO DE EE.UU., 1995.

El Número 2 siempre es un traidor, porque la estructura en que se encuentra inevitablemente lo catapulta a disparar hacia arriba si quiere llegar más alto. Tarde o temprano, cualquier Número 2 más o menos competente termina imaginándose a sí mismo como Número 1 (con más autoridad, más prestigio, más dinero), motivo por el cual muchos Números 1 eligen como Números 2 a incompetentes, o a indeseables.

Vale decir que un Número 2 ambicioso tiene por delante una tarea complicada, y la eficacia de su desempeño requiere de una personalidad tan servil y cortesana como calculadora, fría y perceptiva. Institucionalmente, el rol del Número 2 consiste sólo en asumir las responsabilidades del Número 1 cuando éste se encuentra momentáneamente fuera del cargo (por enfermedad, viaje al exterior o licencia). Ocasiones como éstas alimentan las fantasías y las ambiciones del Número 2, que empieza a preguntarse porqué él no puede estar todo el tiempo en el primer lugar. Como consecuencia, una de las reglas de oro del Número 1 es jamás delegar el cargo en el Número 2 cuando hay situación de crisis a menos que su propia situación esté asegurada más allá de toda duda (y, preferentemente, no delegarlo nunca). Al mismo tiempo, y por la misma razón, la complicada tarea principal del Número 2 ambicioso y competente es generar confianza por parte del Número 1, a la vez que proyectar hacia los afueras superiores e inferiores una imagen comparativamente mejor que la de su jefe en los períodos en que debe ejercer su vicariato: tiene que competir y parecer leal al mismo tiempo; tiene que ser una sombra del Número 1 y a la vez brillar como el relevo necesario y lógico del Número 1.

MADE IN USA

Quizás por esta aporía, la vicepresidencia es un camino al poder mucho menos expedito y automático de lo que parece en un primer momento. Viendo la experiencia norteamericana de las últimas cuatro décadas, los Números 2 emergen como figuras relativamente débiles. Mayormente relegados a la representación del presidente en bodas y funerales de Estado, a la asunción de un mando puramente administrativo cuando el presidente está afuera y al ocasional ejercicio de un voto de desempate en el Senado, los vicepresidentes estadounidenses se encuentran encerrados en un limbo de forzada castidad política tan hermético que rara vez consiguen proyectarse hacia la presidencia en circunstancias normales: Lyndon Johnson, por ejemplo, llegó porque John Kennedy fue asesinado, y Gerald Ford porque Nixon debió renunciar por el escándalo de Watergate; y ninguno de los dos fue reelecto.

Si la "vía rápida" al poder del vicepresidente en circunstancias de excepción garantiza poco, las circunstancias normales son aún más decepcionantes. Walter Mondale, vicepresidente de Jimmy Carter, debió hacer tiempo durante la derrota de éste último en la catastrófica campaña por la reelección en 1980, y perdió él mismo su campaña por la presidencia en 1984; George Bush ganó la presidencia en 1990, pero muy ayudado por los éxitos de los ocho años de Ronald Reagan y por la incompetencia de su competidor demócrata, Michael Dukakis, y luego fracasó en obtener la reelección en 1992; mientras Al Gore fracasó en imponerse claramente a pesar de la brillante economía que la administración Clinton dejaba de legado y de diferenciarse de modo inequívoco de sus escándalos personales, y probablemente terminó de sepultar toda posibilidad de un futuro político con la larga y vana campaña pleitera con que trató de ganar en los tribunales una elección que ya había perdido en el sistema electoral del país.

El paneo sugiere un corolario paradójico: que el VP es heredero dinástico del presidente sólo cuando éste termina su mandato en desgracia, en cuyo caso el VP hereda de inmediato esa desgracia, pero si la presidencia termina en un éxito cualquier cosa puede pasar, y no es seguro para nada que las variables operen en favor del vicepresidente, entre otras causas porque tal vez los electores hayan llegado a creer que el éxito será eterno y pueden querer cambiar el partido en el poder por causas menores (como el mayor atractivo personal del candidato opuesto). Las crisis hacen ganar o perder elecciones con mucha más certidumbre que la prosperidad y el bienestar ("It's the economy, stupid!", como decía el ayudamemoria de Clinton en la campaña de 1992) y en el caso de los vicepresidentes los motivos puntuales del fracaso podrán diferir con amplitud, pero los estructurales son siempre los mismos: la dificultad de integrar un gobierno y ser su oposición renovadora al mismo tiempo, y el pecado original de que la identidad del vicepresidente tiende a ser el resultado de una transa interna de cada partido (como ofrecer el cargo al rival que perdió en las internas) y por lo tanto carece de luz propia, es sólo un frágil y evanescente reflejo lunar del astro mayor en torno al que orbita.

El dato sólo agrega otra dificultad a la tarea del vicepresidente trepador: el hecho de que, como es el Número 1 y no él quien dispone de la legitimidad, también debe mostrarse prudente con sus ambiciones ante el electorado. Ya que, por lo general, siempre es el Número 1 el que -por elección, prestigio o terror- tiene la legitimidad; y el Número 2, frente a esto, sólo es un funcionario solícito que depende para su puesto de haber sido cooptado por el Número 1. Y hay otro contratiempo: que, si el primer gobierno del Número 1 ha sido exitoso (como en los casos de Reagan y Clinton) lo más probable es que haya sido reelecto, lo que significa ocho años de dominio del Ejecutivo por un mismo partido y, de allí, cierta fatiga del electorado. El Número 2 se hallará estructuralmente dirigido a la traición y la conspiración, pero el Número 1 suele ser el dueño de todas las ventajas en casi todas las operaciones.

MUÑECAS RUSAS

Si la prosperidad no garantiza nada, la crisis es en cambio el inmejorable río revuelto para los vicepresidentes pescadores de poder. Un ejemplo por partida doble se da en los dos intentos de golpe de Estado -el primero fallido, el segundo triunfante- que debió afrontar Boris Yeltsin en Rusia en la década de 1990.

El primero ocurrió en 1994, con el trasfondo de las privatizaciones mafiosas y una creciente crisis económica y social que sin embargo todavía podía atribuirse de modo verosímil a la impotentización del presidente por parte de estructuras de poder oligárquicas y anacrónicas. Justamente, el centro del levantamiento fue un Congreso de apparatchiks heredado de la época soviética, y uno de los líderes más prominentes del putsch fue el vicepresidente de Yeltsin, el general retirado Alexandr Rutskoi, héroe de la guerra de Afganistán. Yeltsin, después de un intervalo de inestabilidad, logró el apoyo del Ejército, bombardeó el Parlamento y arrestó a sus líderes, entre ellos el general Rutskoi. La experiencia lo previno: aunque la Constitución que él mismo hizo aprobar después a sus anchas medidas demandaba la figura de un vicepresidente, Yeltsin dejó el cargo vacío durante los seis años que siguió en el poder, indicando ocasionalmente -y con una estudiada ambigüedad- que en caso de incapacidad la presidencia debía ser asumida por el primer ministro. La solución parecía potencialmente más peligrosa para el presidente, teniendo en cuenta que el primer ministro, para llegar a ser tal, debía ser confirmado por el Parlamento, y por lo tanto dispondría de un grado de popularidad, legitimidad y consenso de que un vicepresidente elegido por el dedazo del presidente no tendría nunca. Sin embargo, Yeltsin descansaba en el mismo carácter inconstitucional de esta fórmula para volverla nula en caso de desafío serio a su autoridad: la Constitución garantizaba que sólo Boris Yeltsin reemplazaría a Boris Yeltsin, y éste garantizaba a la vez su centralidad irremplazable con modos de poder deliberadamente arbitrarios y caóticos. El presidente subía y bajaba ministros como si nada, desautorizaba en público a figuras de primer nivel -como el primer ministro, el canciller o el ministro de Economía-, y en general tendía a precaverse de los efectos de la inestabilidad política y social generando él mismo su propia inestabilidad, que mantenía a sus enemigos, fueran reales o potenciales, en la cuerda floja. Además, disponía del apoyo norteamericano.

El equilibrio empezó a romperse con el derrumbe financiero de 1998, la brutal exposición del poder de las mafias y la propia declinación física y mental de Yeltsin en el alcoholismo y la melancolía, que lo alejaban cada vez más frecuentemente de sus responsabilidades de gobierno. El 98 y el 99 fueron las fechas clave del fin de una época, su punto de inflexión. Tras varios primeros ministros fracasados, la ex KGB y los servicios armados impusieron a su hombre: el ex espía Vladimir Putin, que proyectaba una imagen de eficiencia, sobriedad, juventud y energía tan contrastante respecto a Yeltsin como a la ineficacia temblorosa de los innumerables primeros ministros que lo habían precedido. A finales de 1999, Putin y sus hombres le hicieron a Yeltsin una oferta que éste no podía rechazar: su renuncia a cambio de impunidad para él y para los suyos, o en caso contrario... Yeltsin no perdió tiempo en escuchar el caso contrario (ya lo sabía) y firmó sin más la carta de renuncia y designación de Putin, cuyo mandato presidencial fue resonantemente legitimado por las elecciones que se celebraron poco después. El golpe del VP no fracasó esta vez, lo que entrega otra regla de oro: que su ascenso se ve favorecido por un deterioro de la legitimidad del presidente.

NARANJAS PARAGUAYAS

Que fue lo que ocurrió en Paraguay también en 1999, aunque el desenlace y el punto de partida fueran radicalmente diferentes. Aquí, para empezar, ya no era sólo la figura vicepresidencial sino la democracia misma la que adolecía de un "pecado original": la proscripción y persecución del populista y popular general Lino Oviedo por parte de una facción opuesta del interminable Partido Colorado y del Ejército, y el derrocamiento de su ahijado político, Raúl Cubas (que había sido elegido en comicios libres), por un oscuro entramado de poderes que iba desde el Congreso y el Ejército hasta Brasil y la Embajada Norteamericana, pasando por mafias stronistas (que se oponían a mafias oviedistas).

El resultado fue un golpe de Estado parlamentario con aquiescencia (o resignación) del Ejército. Asumió como presidente el grisáceo congresista Luis González Macchi, y como vice el notorio stronista Luis María Argaña. El espurio equilibrio no duraría: una mañana, poco después, el cadáver de Argaña apareció baleado en su automóvil, y su familia no perdió tiempo en denunciar que la muerte era obra de los hombres de Oviedo. Sin embargo, los móviles de Oviedo para el crimen parecían muy discutibles, y pronto empezó a difundirse el rumor de que Argaña había muerto de un paro cardíaco, y que su familia y la facción stronista del coloradismo habían fraguado el asesinato -baleando el cadáver del inverosímil tribuno demócrata- para justificar un endurecimiento de la persecución al oviedismo. La cerrada negativa de la familia a autorizar el desembarco de detectives del FBI y de Scotland Yard para investigar la muerte solamente reforzó esas sospechas, mientras el continuo deterioro de la economía y la evidencia de corrupción empujaban al gobierno de González Macchi a la crisis, el aislamiento y la salida de la coalición de los liberales que en un principio lo habían apoyado contra un Oviedo que amenazaba con constituirse en una reedición de lo más autoritario del general Perón.

El estrangulamiento lento del gobierno de González Macchi tuvo un desenlace original: la convocatoria a elecciones, pero para elegir vicepresidente. Los stronistas intentaron hacer fraude durante varios días, pero finalmente debieron aceptar el triunfo de la oposición, personificada en el liberal Julio "Yoyito" Franco, que al parecer contó con el guiño electoral del oviedismo. El resultado es una extraña dualidad de poderes, donde el presidente tiene el apoyo del Establishment pero la ilegitimidad de haber asumido el cargo sin haber sido elegido por nadie, mientras el vice fue elegido de modo masivo, en comicios que tuvieron el sesgo de ser un referéndum contra el presidente, pero no tiene poder real.

TANGOS ARGENTINOS

Números 2 traidores, intrigantes y trepadores no faltan en la política argentina de las últimas décadas -piénsese en Duhalde y Ruckauf bajo Menem, o en el hoy inverosímil Víctor Martínez bajo Raúl Alfonsín-, pero, en los hechos, la figura de focos de poder alternativos y competitivos con el Ejecutivo ha tendido a desplazarse a los ministros de Economía, que -también en los hechos, y por vía de su visualización como "superministros"- ocuparon el lugar de primeros ministros. Onganía tuvo a Krieger Vasena, Perón a Gelbard y luego a Gómez Morales, su viuda -y vicepresidenta, incidentalmente- empezó a caer con el fracaso del plan de Celestino Rodrigo, la Junta Militar tuvo a Martínez de Hoz, Alfonsín a Sourrouille, Menem a Erman González y Domingo Cavallo, y De la Rúa -para no ser menos, o para ser más que nadie- nombró en Economía a José Luis Machinea, pero reforzó su gabinete con otros tres economistas liberales, como Juan José Llach (hoy renunciado), Ricardo López Murphy y Adalberto Rodríguez Giavarini.

El avance de los ministros de Economía en el organigrama del poder real muestra que la economía -es decir, el arte de la distribución de la escasez- ha sustituido a la muerte como "la gran niveladora", y se ha vuelto la ultima ratio que permite unas operaciones políticas y desautoriza otras: un proceso afiliado al fenómeno que muchos estigmatizan como "la dictadura de los banqueros centrales", por el cual los gobiernos electos tienden cada vez más a otorgar autonomía a las autoridades monetarias del país -como sucede con la Reserva Federal norteamericana y su titular Alan Greenspan, deus ex machina terrenal y visible de las inexorables Leyes del Mercado-, o a renunciar de modo expreso a tener una política monetaria -como ocurre en la Argentina con el caso de la Convertibilidad, o en Ecuador con la dolarización-. Incluso en la Rusia de Yeltsin los ministros que importaron estuvieron fuertemente ligados a la economía: Yegor Gaidar en la época liberal, Viktor Chernomyrdin en los tiempos de asociación dudosamente lícita con el monopolio energético Gazprom. El mercado se ocupa de lo que sabe, y los políticos pueden decir lo que quieran, pero en definitiva están atados de pies y manos; la economía -que pertenece a los ricos- es internacional, transfronteriza y libre, mientras la política -una prestidigitación hacia los pobres- queda confinada a lo nacional, lo encarcelado e impotente. El hecho no resulta de una conspiración, ni del embrujo ideológico de un supuesto "pensamiento único", sino de una incontestable relación de fuerzas.

Con lo que se potencia una coyuntura interesante: la de una situación anómala en la que la figura del Número 2 como presidente potencial y la del ministro de Economía como primer y súperministro de un increíble presidente menguante se cruzan. Actualmente eso es lo que está pasando en la Argentina. La caja de Pandora político-institucional fue abierta por Carlos "Chacho" Alvarez, quien en una típica maniobra de vicepresidente ambicioso fogoneó todo el escándalo de corrupción en el Senado y el Gobierno y luego renunció a su cargo de modo espectacular en protesta por la confirmación por parte del presidente de los principales funcionarios sospechados. Corruptelas parecidas hubieran pasado inadvertidas -y de hecho pasaron- en períodos de prosperidad, pero con una economía cada vez más recesiva, y viniendo de la Alianza de partidos que había hecho de la transparencia y de la lucha anticorrupción su principal enseña para ganar el gobierno, el escándalo de los sobornos en el Senado dejó al presidente aislado, con el apoyo de sólo una minoría de la opinión pública. Si en ese momento hubiera habido elecciones para vicepresidente, Alvarez seguramente las habría ganado, y habría sido -como en el Paraguay- un referendum de no confianza contra el presidente. Y una crisis institucional.

Sin embargo, la vuelta de tuerca perversa la aportó la economía. Las cuentas empezaban a cerrar cada vez menos, y la desconfianza de los mercados creció. El gobierno aplicaba ajustes cada vez más recesivos, a los que debía agregarse la prevista devaluación del real brasileño. "La gente" -como se dice ahora- perdió toda esperanza en cuestión de meses, y en las provincias los focos de protesta social violenta se encendieron al rojo vivo. Y como "la naturaleza aborrece el vacío", la pérdida de apoyo interno y externo al gobierno derivó entonces a la discusión sobre qué hacer con el lugar vacío, la vicepresidencia: si cubrirlo con Domingo Cavallo -artífice de la Convertibilidad- para dar confianza a los mercados, si someterla a elección -lo que hoy proyectaría a un opositor que anularía todo mandato y toda coherencia del gobierno- si suprimirla -como en la sugerencia de Menem, que de este modo reedita de modo más serio y directo la humorada de su maestro al designar como vice a su esposa Isabelita- o si dejarla vacía -como prefiere el inmovilismo de De la Rúa-.

La gobernabilidad define la primera opción y la revolución la segunda, mientras las restantes presumen que aquí no ha pasado nada. Sin embargo, ha pasado, y lo que ha pasado es grave: se discute tanto la vicepresidencia porque la capacidad de De la Rúa de ejercer la presidencia ha terminado, y el viejo rival de Raúl Alfonsín en las internas del radicalismo se encuentra ahora ante el similar imperativo de entregar el poder antes de tiempo, con la diferencia de que su gobierno tardó sólo un año y no cinco en descomponerse, y no hay un ganador claro a quien transferir anticipadamente el mando.

La discusión sobre el vicepresidente delata que hay vacío de poder. Y el vacío de poder es uno de los prerrequisitos de la revolución y del golpe. El dato ayuda a adivinar la opción final: Cavallo. Porque Cavallo es sinónimo de gobernabilidad y confianza, y por lo tanto el único eje de estabilidad para un poder formal que se asoma al vértigo de su propio vacío. En esa transición, la Alianza consumará la alquimia de un completo cambio de signo y la metamorfosis será legítima, sea por elecciones, sea por la opinión pública, antes de que el gobierno cumpla dos años.

Argentina no llorará por De la Rúa.

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