LA LOGICA DEL TOQUE DE QUEDA

El reloj de una bomba de tiempo está silenciosamente en marcha en la impasse de verano de la economía argentina. Hasta el momento, la estrategia del gobierno delarruísta ha fracasado, y el célebre "blindaje" de finales de ejercicio es poco más que una línea Maginot. Para el futuro inmediato, el equipo económico ofrece poco más que plegarias al Dios de los mercados, mientras fracasan las políticas de contención del conflicto social.
Si el 2000 lo alarmó, quédese que ahora viene lo peor.

Por Edgardo Arrivillaga

No sabemos si el año 200l será un año terminal para el presidente Fernando De la Rúa pero lo que es seguro es que las próximas semanas serán decisivas para la supervivencia del doctor José Luís Machinea.

Al margen de la inevitable traición efectuada por el equipo de gobierno a los postulados triunfalistas de la alianza electoral que derrotó al peronismo en l999 --con un sistema de tacticismos que fracasó en l955, en l983 y ahora acaba de hacerlo por tercera vez--, el presidente De la Rúa resolvió abandonar definitivamente las escrituras fundacionales del caleidoscopio aliancista y encarar una serie de medidas económicas que --si bien desvirtuaban definitivamente la convergencia de las clases medias de derecha e izquierda-- tenían la pretensión de otorgar a la Argentina un mínimo de credibilidad. Estas medidas incluían un cambio radical en el sistema jubilatorio --bastante inviable como está planteado, al menos mientras sobreviva la generación de argentinos nacidos entre l920 y l940--, y aniquilar la estructura del PAMI. Estas medidas se acompañarían con una congelación del gasto público, algunos cambios impositivos y un substancial acuerdo con el Senado y los gobernadores para evitar el denostado imperio del decreto de necesidad y urgencia. El presupuesto tenía que ser la llave maestra de estas medidas de coyuntura que implicaban, tácitamente, el incumplimiento de la ley de Convertibilidad Fiscal para ampliar el déficit razonablemente permitido.

Era un juego de toma y daca con las provincias peronistas --el 80 por ciento de la población argentina vive en ellas—para recrear un mínimo de consenso en torno a la centralidad democrática que la Presidencia, Ruckauf y hasta el propio Carlos Menem fingen apoyar. Al menos hasta los fines de los calores del verano.

La primera duda que los observadores se planteaban era si el conjunto de medidas podría impulsarse con un equipo de gobierno exhausto y desgastado. Es que las cosas habían empezado mal desde diciembre. Agotada la cruzada ética antimenemista con el magro triunfo de dos trofeos discutibles -Víctor Alderete y María Julia Alsogaray-, el gobierno inventó un cuadro de emergencia económica nacional que aterrorizó a los mercados, desarticuló la imagen de país razonablemente confiable que había vendido Guido Di Tella y reposicionó al país en esa zona de ninguna parte que se encuentra entre el mundo desarrollado y la vasta periferia de banderas en el polvo que se entrecruzan amablemente en los pasillos de las Naciones Unidas. El gobierno había transformado un problema de contadores en una emergencia modelo New Deal, y con el nivel de reservas argentino y el entrelazamiento de áreas estratégicas de su economía en el mercado mundial todos advertían que la crisis era mas política que económica. Y esto, el gobierno no lo advirtió, era mucho peor.

El 24 de octubre lanzó un paquete para promover las inversiones y solo diecisiete días mas tarde se vio en la necesidad, casi dramática, de promover medidas para bajar el riesgo-país.

Era una confesión abyecta de que el impuestazo aplicado sobre la clase media no había funcionado, que las empresas habían resuelto racionalizar sus recursos humanos, acentuando la desocupación para la cual los tiempos históricos electorales habían convocado a la Alianza. También las idas y venidas en torno al Ministerio de Infraestructura hacían recordar las pujas entre Martinez de Hoz y el general Díaz Bessone por el Ministerio de Planificación hace veinticinco años, y traían a la memoria los peores tiempos de las administraciones transicionales.

Sin carapintadismo, sin rebeliones militares, sin organizaciones armadas acampando en el país, sin conflictos geopolíticos en sus fronteras y sin una potencia extracontinental que ejerciera un contrapoder decisivo en la libertad de acción de su diplomacia, el gobierno destilaba el moho de las administraciones que los pueblos y los mercados desean derivar a los gabinetes de disección de los experimentos políticos fracasados.

La conjura de los necios

Es que el problema incluía --y ahora se lo ve-- a casi toda la clase política que funciona como una especie de deformado clon de los tiempos parlamentarios radicales.

Aprobar la reforma laboral exigió cinco meses --con o sin sobornos mediante-- y la publicitada emergencia económica, así como los proyectos contra la evasión, nueve. La negociación con los gobernadores necesitó de la pericia del señor Colombo, elevado a la categoría de Kissinger nacional por cierta prensa que aspira a la buena voluntad de la jefatura de gabinete, y todos los analistas saben que la tensión social irá en un crescendo y que la Argentina posmoderna es un invento de los medios. La Argentina real es una visión dislocada de dos países: el de la globalización y el de la marginalidad virreinal que sólo puede subsistir con un Estado ineficiente que se erige en un enorme y coral fondo de desempleo.

Pero el problema central es el ordenamiento de la cuestión social que --en situaciones de marginalidad como el caso de Tartagal y General Mosconi--- multiplican por dos o por tres las cifras de desempleo del INDEC (un 16 por ciento) y demuestran la absoluta ineficacia del gobierno para negociar con los piqueteros. Si sumamos a ello la ineptitud gubernamental para afrontar situaciones de riesgo emblemático --la toma de comisarías, el decomiso del armamento por parte de estructuras ilegales y espontáneamente autogestionadas, y el crecimiento de los sectores sindicales combativos--, tienden a diluirse las posibilidades del mercado en el país y a la pregonada disminución del famoso riesgo-país, todo ello en virtud de un análisis típico de la clase media radical. Mathov, un hombre vinculado al residual de las empresas de Yabrán, descubrió la realidad social cuando advirtió que los movimientos de masas no se desarticulan con la nueve milímetros porque se corre el riesgo, no solo de perder votos, sino de que el adversario adquiera un calibre mayor y eso deja de lado cualquier negociación con una empresa calcográfica. Aunque esta última sea de clara inspiración yabranista.

Sintéticamente, podemos afirmar que el gobierno ya no cree en el llamado círculo virtuoso de la ortodoxia fiscal, dando la razón a todos los sectores menos al microscópico mundillo que vive pendiente de las subas y bajas del MERVAL y --sin solución de continuidad-- apuntó a estimular directamente el gasto agregado. La reducción del impuesto a los intereses, la modificación de la renta mínima presunta y la aceleración en la utilización del crédito fiscal del IVA diagnostican que la Argentina no enfrenta un problema de solvencia fiscal en el largo plazo sino que su falta de liquidez en lo inmediato condiciona el comportamiento de los mercados hacia ella. El blindaje fiscal --con sus connotaciones de fortaleza amurallada o de transitoria línea Maginot-- es un simple pulmotor que debería facilitar la senda transicional hacia el ajuste fiscal. En ese sentido, el acuerdo con los gobernadores, la reforma del sistema previsional y hasta la creación de una comisión eventual para proponer una reforma impositiva estratégica no permiten ser demasiado optimistas. Las experiencias anteriores, por lo menos, así lo indican. Por otra parte, las condiciones internacionales están cambiando y cambiarán aun más, y probablemente para peor, y entonces cabe preguntarse cuánto tiene que caer el costo del financiamiento para reposicionar al país en el mercado internacional.

En Argentina, es decir en ninguna parte

En términos aritméticos habría que descomponer una fórmula mas larga que la ecuación de la relatividad de Einstein. Hay que sumar a la tasa americana el riesgo argentino y confrontarla con otra formula que contemple el riesgo emergente --sin la Argentina-- y agregarle el verdadero riesgo argentino en su estado más puro y escuchar respuesta a plegarias bien atendidas para que en todo el periodo de pasaje la Argentina no se transforme en el centro de la crisis. Para que no se transforme en una India, en un nuevo México o --modelo mas cercano a nosotros por la brusquedad de la transición-- en una nueva Rusia. De todos modos la carta de situación del riesgo argentino es bastante interesante en términos comparativos. El 22-l0-97 se produce la corrida contra el dólar convertible de Hong Kong, el l4-8-98 la devaluación y default ruso, el l2-01-99 la devaluación brasileña y el 27-3-00 el inicio del desplome del Nasdaq. En todos los casos la Argentina ha reaccionado con la fragilidad de la mariposa y estas situaciones emblemáticas indican que el país no solo ha tenido dificultades en ser expansivo sino que ha centrado sus mejores esfuerzos en proteger el status difícilmente alcanzado y evitar el despeñaderal de la desintegración económica. La convertibilidad no pudo ser usada como un arma agresiva --salvo escasas excepciones como las commodities y el petróleo-- y el empresariado argentino se replegó en el bando de los satisfechos, cáusticamente criticados por Disraeli.

El problema es que el señor Machinea ya no les satisface. Ahora un presidente plano, De la Rúa parece ser un hombre sin dimensiones humanas, sin buena ni mala salud, simplemente aséptico y sin la frialdad natural del intelectual puro. Su estilo de gobierno es el del desapego y no es casual, entonces, que todas las expectativas del gobierno estén depositadas en un operación de blindaje. El blindaje es una paresia de emoción, una confesión de temor y algo mucho mas grave: la autonegacion enyesada de las políticas de Estado para encarar la profundidad de la interminable guerra económica. Aquella sin treguas ni armisticios, y que siguiendo ciclos históricos bien precisos, tiende mortajas sobre naciones y mercados ineficientes.

Pero volvamos al blindaje externo. Se trata de la Facilidad de Reservas Adicionales y fue aprobado por el FMI el l7 de diciembre de 1997 como vector central en la operación de salvataje de Corea del Sur, para ser usado posteriormente en Rusia (20 de julio de l997) y en Brasil el 02-l2 -98. Se trata de ayudar a países que se encuentran con graves dificultades en su balanza de pagos debido al surgimiento de necesidades de financiamiento en el corto plazo producidas por una degradación de la confianza que inspiran en los mercados. Son desembolsos de muy corto plazo, verdaderos planes de contingencia contra el fuego socioeconómico y si bien no existe un límite superior para esos desembolsos, esta claro que al ser manejados fuera del G-7 y en el ámbito del FMI --España es el único país que aparece en la lista de los países salvadores en el caso argentino-- el blindaje tiene su propia contradicción: es un remedio a la desconfianza que encierra, en sí mismo, el mecanismo de su propia desconfianza. Si bien se trata de una artimaña financiera, es menos eficaz que el vilipendiado empréstito Baring Brothers y al no constituir una masa monetaria de choque inversor --por favor no soñemos con ningún plan Marshall para un país que carece de valor estratégico en el corto plazo-- no constituye, en si mismo, un mecanismo de relanzamiento económico. Es lo contrario de lo que reclama el gobernador de la provincia de Buenos Aires: un blindaje social hacia afuera para restaurar la confianza degradada, pero eso nada tiene que ver con la producción, ni con el desempleo ni con el coraje necesario para encarar una reforma del Estado, sobre todo provincial mediante la creación de unidades productivas pluriproductivas y el desmantelamiento de servicios ineficientes y descentralizados. Y los dos términos se retroalimentan en una amalgama de coherencias poco placenteras.

Un mundo feliz

Si alguien tiene un interés economicista en estos temas puede recordar la devaluación del won en l997, el default ruso del 98 y la devaluación brasileña del 99. En los tres casos el FMI había implementado mecanismos de salvataje, de los cuales el mas importante y diversificado fue al Brasil: ayuda multilateral del FMI, del Banco Mundial, del Banco Interamericano de Desarrollo por un total de 27 mil millones de dólares y ayuda bilateral de los Estados Unidos y Europa por un valor de casi l5.000 millones de dólares. Pero la Argentina no es el Brasil y el nomadismo del capital de riesgo enfrenta una situación profundamente modificada con respecto a los primeros años de los noventa.

La situación internacional se ha desgastado profundamente y la jerarquía del crecimiento tiende a decrecer. Si analizamos el mundo en cifras, su crecimiento ha oscilado entre el 3,4 y 4,7 entre l999 y el 2000 pero gran parte de ese crecimiento se ha debido a la tracción americana que ha tenido un promedio del 4,2 en el 99, provocando una verdadera revolución ultraterrestre en el mundo de las finanzas hasta alcanzar una pauta de crecimiento del 5,2-5,3 aproximadamente (las cifras son del FMI, de la Deutsche Bank y de Morgan Stanley) y se prevé para el próximo ejercicio un crecimiento americano que oscilaría entre el 3,2 y el 3,6 en el mejor de los escenarios.

Los nuevos actores de crecimiento serían el Japón --que pasaría del 1,4 al l,8, con un yen deliberadamente subvaluado-- y sobre todo Alemania, que haría una escalada significativa del l,6 en l999 al 2,9 en el 2000 con una proyección del 3,3 para el 200l. Asia, por su parte, pasaría del 5,9 en el 99 al 6,6 en el 200l, superando la performance americana. Y América Latina --con la Argentina funcionando con la escabrosidad drástica de los rezagados-- crecería un promedio del 4,2, en el mejor de los universos posibles.

En este esquema de desaceleración, la mitad de los economistas apuntan a la recaptación del capital golondrina --si el país ofrece mejores tasas-- mientras que la otra mitad manifiesta pesimismo y se prepara a nuevos pedidos del FMI, entre ellos la privatización de Banco Nación, del juego de Lotería y Casinos, y el arancelamiento universitario: todas cosas difíciles de llevar a cabo por un gobierno con su eje vertebral en el radicalismo del pueblo y que debe afrontar elecciones en el 200l, en el 2002 y finalmente en el 2003.

El otro punto de conflicto es el Mercosur y la posición chilena. Puestos entre la cordillera y el mar, los trasandinos han abandonado el piélago de negociaciones arancelarias y la sociedad continental se ha reducido a una sola potencia, el Brasil, a dos países productores de servicios de naturaleza diversa, y a una Argentina que en el mejor de los casos solo puede intentar el modelo de desarrollo giscardiano, con énfasis profundo en la tecnología comunicacional y en la transformación de la producción agraria. El Mercosur, con la deserción de Chile, ha recibido un daño considerable y no podrá recrearse hasta articular políticas de continentalización regional, cosa que hasta ahora no se ve por ninguna parte.

Argentina impotencia

En este esquema la Argentina corre el serio riesgo de convertirse en el país testigo que sellaría la primera gran crisis financiera internacional del siglo XXI a menos que se produzca una severa recompactación del poder Ejecutivo, que la clase política abandone los tacticismos de plazo fijo, arbitrando modificaciones estructurales de una cierta entidad y que, casi de forma milagrosa, se logre evitar una crisis social, que ya ha comenzado a desplegarse en la periferia tórrida del país postergado, iniciando su contrarrelato contra la globalización y los mercados.

Por ahora la economía argentina se encuentra en situación de toque de queda. Luego sigue el tiempo de silencios.

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