CONTRACULTURAS

UNA MINORIA SEXUAL SE EXPRESA

Por Claudio Uriarte (*)


¿
Hay una escritura heterosexual? Vale decir: ¿existen una voz, un estilo, una identidad, unas características, que permitan reconocer una especie de territorialidad textual específica e inequívocamente heterosexual?
 Semejante caja de Pandora teórico-literaria, más evitada que séptimo hijo varón en noche de luna llena, principia sin embargo a abordarse ahora en algunos de los más insoslayables congresos, seminarios y cátedras de literaturas alternativas de América Latina, desde Guadalajara hasta Guanajuato y Guatemala City, desde Granada hasta el Gran Buenos Aires. Innegablemente, el planteo es espinoso, en la medida en que se trata de abordar la especificidad problemática de una minoría sexual que es aún más minoritaria en el mundo de las letras y del periodismo: una palabra de más, una imprudencia sin tacto, bastarán para arrojarnos sin remedio al oprobioso lote de la incorrección política. No obstante, ese mismo peligro vuelve aún más interesante el desafío.


La escritura heterosexual se define tal vez por una alegría y positividad frente al vivir, una afirmación de la esperanza, un desafío de la valentía y una aceptación estoica de lo inevitable o trágico, signos distintivos que algunos han dado en relacionar con las llamadas manifestaciones del "orgullo straight" (donde los héteros no dudan en marchar vestidos de traje y corbata o de polleras -según corresponda- y donde las madres exhiben desafiantemente sus cochecitos de bebés). Un ejemplo ineludible entre los nuestros es Adolfo Bioy Casares, que dejó algunas de las obras más importantes de la literatura argentina del siglo XX. ¡Y era heterosexual! Adolfo Bioy también fue un militante tan temprano como espontáneo y despojado de estridencia de lo que hoy se llama el coming out: a pesar de su cuna tradicionalista, aristocrática y terrateniente, nunca se preocupó por disimular su inclinación sexual hacia las mujeres, y muchas de sus obras (como La invención de Morel, o El sueño de los héroes) pueden interpretarse como verdaderos tratados sobre las intrincadas sutilezas del arte del amor heteroerótico.

Quizá fue bajo su influencia que su gran amigo Jorge Luis Borges, en un principio reprimido y casi ahogado por la magnitud de la figura materna, asumiera en sus años postreros su heterosexualidad, y la celebrara con algunos de los poemas más gozosos, exaltados y líricos de su dilatada y fecunda trayectoria literaria.
No todas las grandes voces heterosexuales lograron superar del mismo modo esa represión materna y familiera, sin embargo. El ejemplo más notable y también el más trágico es el de Marcel Proust, a quien la norma dominante reivindica como a uno de los suyos, pero del que puede afirmarse que, pese a sus prácticas homosexuales, siempre fue -tanto existencial como literariamente, si estas categorías son acaso separables- un heterosexual reprimido. ¡Qué lástima, y cómo habría gozado y sido feliz si hubiera asumido su condición sin culpas! Incluso, hasta es posible que hubiera escrito aún mejor.
 
Sin embargo, su legado escritural no deja lugar a dudas sobre su verdadera orientación: la obsesiva relación de Swann con Odette es inequívocamente heterosexual, como lo es el amor persecutorio del protagonista por Albertina -por más que teóricos del saber convencional como su biógrafo oficial George D. Painter hayan creído advertir allí el seudónimo de una relación homosexual-. Aún más, Proust es autor de una vehemente denuncia de las penurias de la condición homosexual en el comienzo del cuarto libro de En busca del tiempo perdido -que no en vano lleva el título de Sodoma y Gomorra-. Y, en el desengañado final de su gran obra, la conversión de la mayoría de los personajes a la homosexualidad -ya observada perspicazmente por el crítico straight Edmund Wilson- está teñida por los inequívocos colores del fracaso, el incumplimiento, el rencor y la traición. El odio que le tenía a Proust el estéril editor André Gide -que sí era inequívocamente homosexual, y cuyas novelas son aburridos relatos de intrigas homoeróticas- no puede, en estas circunstancias, considerarse casual, sino un craso ejemplo de discriminación sexualmente motivada, gatillada por la envidia.

L
a evocación de la tragedia de Proust nos conduce con naturalidad a la figura del británico Evelyn Waugh, quien en cierto sentido es su exacto opuesto, y su inversión en espejo. Waugh es autor de una obra que para Theodor W. Adorno era una rendición abaratada y al alcance de todos de En busca del tiempo perdido, pero que en realidad resulta su superación dialéctica y existencial: la gran novela Retorno a Brideshead, situada en la decadencia de la Inglaterra imperial, y que describe las andanzas de un grupo de personajes en torno de la idea de la fe. Waugh relata acá su temprana infatuación homoerótica por Sebastian, un joven de la aristocracia a quien conoce en Oxford, para luego hacer claro con toda valentía su posterior enamoramiento de Julia, la hermana de Sebastian, y su asunción de sí mismo no sólo como heterosexual, sino también como católico, apostólico y romano. Confesiones -y conversiones- de este tipo no eran fáciles ni gratuitas en la Inglaterra de los años '40 -donde se escribió y publicó la novela-. La represión victoriana, el sistema de clases y la segregación sexual en el circuito universitario de "Oxbridge" -donde se inicia el relato- empujaban a los más a aceptar la homosexualidad como inevitable -a lo que tal vez también contribuyera, hay que admitirlo, la general fealdad e insipidez de las mujeres inglesas-. Hay que decir que la "pérfida Albión" pagó el precio por esta represividad, en la forma de los brillantes espías que, habiendo sido instados en su adolescencia a dar la espalda a las inclinaciones más profundas de su sexo, siguieron en su madurez ese derrotero, espiando para la Unión Soviética. Indiferente a la tradición, Waugh desafió no obstante todos esos mandatos de su época y resulta incluso altamente subversivo respecto a las de la nuestra, donde quienes levantan su derecho a la transgresión -a ser heterosexuales, fieles y creyentes, por ejemplo- causan escándalo.

Tarde o temprano, toda reivindicación teórica de una estética de género deriva fatalmente en su prolongación en políticas activas. Los llamados "straight studies" de Estados Unidos y Europa -de cuyas elaboraciones teóricas hemos citado aquí en forma libre, para ilustrar de qué se estaba hablando- no han sido una excepción. La chispa, como tantas otras, se encendió en los campus de las carreras humanistas de las grandes universidades del Norte, donde se empezó por plantear la necesidad de proteger, promover y cultivar la literatura heteroerótica por medio de los mismos métodos de "discriminación positiva" (o "acción afirmativa"), que se habían empleado previamente en la enseñanza y el mercado laboral para favorecer a anteriores minorías postergadas.
 Inevitablemente, pronto se habló de cuotas, y el movimiento, que empezó reclamando para sí un 20 por ciento fijo del plantel de profesores de Letras de las universidades norteamericanas, rápidamente pasó a demandar idéntico porcentaje en la autoría de textos estudiados, de libros publicados, de cargos en las editoriales y hasta de puestos en las revistas y suplementos literarios.
Objeciones no faltaron: Harold Bloom cuestionó que ese 20 por ciento era una determinación arbitraria, que no necesariamente reflejaba el valor literario intrínseco de los autores a ser favorecidos; Gore Vidal, que era una exageración estadísticamente desaforada respecto al verdadero porcentaje demográfico de literatos heterosexuales activos. Los héteros no se inmutaron: impertérritos, replicaron que la larguísima historia de negación y de negación que habían sufrido justificaban con holgura esa "exageración compensatoria" -como la denominaron-, y que en todo caso los nuevos privilegios (a los que preferían llamar "reparaciones") servirían para que una minoría postergada desplegara unos talentos largamente reprimidos.
¡Ojalá todo se hubiera detenido en ese tranquilo, sindical y corporativo 20 por ciento! Quizás, de haber sido así, el rojo vivo de la alarma inicial hubiera empalidecido pronto, cediendo lugar al gris indiferente, escasamente llamativo, de las negociaciones y las transas institucionales. La suerte, sin embargo, no lo quiso; el movimiento, como envalentonado por sus primeros éxitos, adquirió una dinámica de revolución permanente y de ascenso a los extremos; y el 20 por ciento, a los ojos de sus fracciones más radicales, se volvió rápidamente una vulgar y despreciable reivindicación economicista, tradeunionista, reformista y asimilacionista, que en el fondo constituía la correa de transmisión de la ideología y de los intereses del género dominante en el seno de la minoría oprimida, cuyo legítimo irredentismo e inequívoca singularidad se buscaban cooptar en un "abrazo del oso".
Semejante disparo cualitativo desde la Reforma hasta la Revolución marcó una escalada hacia la reivindicación de medidas que en un largo plazo quizá sean deseables y posibles, pero que en el duro presente de una hegemonía adversa implican cambios radicales, polémicos y profundamente divisivos dentro de una cultura social consensuada y aceptada como válida, lo que amenaza
con restar apoyos tácticos posibles a las causas más inmediatas en favor de un discurso extremista y polarizador: hay papers, por ejemplo, que llegan a defender el derecho a admirar y cortejar en público y sin represiones a personas del sexo opuesto, y ya se habla de imponer en las universidades (para luego hacerlo en otras partes) unos nuevos códigos de conducta contra modos del llamado "acoso homosexual", tales como el asedio ocular en los mingitorios (que se consideraría una infracción equiparable al hostigamiento) o la insinuación a un hétero de que su supuesta identidad sexual es falsa (que se consideraría como un incalificable abuso y una autoritaria negación hegemonista de la identidad, la libertad de opción y el derecho a la diferencia del Otro). Atravesar estas "líneas rojas" acarrearía castigos durísimos, sobre todo si el infractor es un profesor o cualquiera en posiciones de poder: algunos abogan por separarlos temporariamente de sus cátedras y obligarlos a leer la obra completa de escritores heterosexuales asumidos como Norman Mailer o Philip Roth; otros, cuya superior magnanimidad sólo es aparente, sostienen que la lectura de cualquier obra maestra de la literatura, para estos aristócratas de la teoría, sería castigo suficiente

L
as consecuencias no se hicieron esperar: la alarma, que hasta entonces se había confinado a los claustros académicos -y algunas de las ONGs internacionales más reputadas-, se propagó a los medios de difusión masiva, y un columnista de Time llegó a advertir, en un momento de singular clarividencia epifánica, que "quizás estemos a las puertas de una nueva guerra cultural en América". El diagnóstico fue el pistoletazo de largada en el resto de los medios para un duelo donde los opinadores de izquierda y de derecha chocaron sin piedad, aunque con una consistencia llamativa: mientras los izquierdistas repudiaban el nuevo movimiento porque temían que hiciera retroceder reivindicaciones duramente conquistadas, los derechistas lo repudiaban porque temían que desestabilizara un statu-quo no menos duramente conquistado.

L
a polémica en el campo cultural fue aun más lejos: Harold Bloom salió a hablar de nuevo, esta vez para decir que el nuevo movimiento era la "contrarrevolución, armada con las mismas guillotinas inventadas por la revolución, que no debería quejarse del empleo contra ella de sus mismos instrumentos irreflexivos"; Paul Johnson dio una vuelta de tuerca a esa idea, recordando que "Stalin fue el maestro de Hitler" (o quizás era al revés); Noam Chomsky aventuró que se trataba de una conspiración lingüística del complejo militar-industrial, posiblemente apuntada a sublimar y exaltar a los misiles nucleares bajo la aparentemente inocua resignificación positiva de la idea del Falo; Edward Said denunció que se estaba ante una artera estrategia sionista de exterminio cultural ante la supuesta polisexualidad de los árabes; Susan Sontag prometió un artículo referido al tema,pero el texto en cuestión -publicado

en la revista New Yorker- empezaba vagamente por sus evocaciones de Sarajevo en guerra para luego derivar en preguntas sobre la capacidad de crueldad del ser humano y el deber moral de Occidente de enfrentar a todas las discriminaciones, sin discriminar entre ellas. El teórico del "fin del arte" Albert Danto, luego de examinar las nuevas reivindicaciones en el contexto de las biografías de sus agitadores, concluyó revolucionariamente que "ellas también son arte"; Elie Wiesel, sobreviviente del Holocausto y Premio Nobel de la Paz, habló del carácter único del Holocausto.
Asumidos como movimiento político, los héteros no podían quejarse de que se los juzgara desde esa atalaya. Aquí, sin embargo, el efecto fue de nuevo paradójico. La derecha fue paradigmática: aunque la idea de cuotas la incomodaba profundamente, sus revistas ensayísticas -como Commentary, The National Interest

y The Weekly Standard- coincidieron en señalar y aprobar benévolamente el espíritu "libertario" y "antiestatista" de la revuelta, que al menos dislocaba a los actuales beneficiarios del favor del Estado, e insinuaba una reafirmación de la antigua centralidad masculina en el orden de las cosas. La izquierda recorrió la misma paradoja, pero al revés: aunque las individualistas reivindicaciones de libertad personal del movimiento no cuadraban del todo con su ideología, la posibilidad de dejar de lidiar con el enjambre teórico de las "nuevas causas sociales y sexuales" y volver a la vieja dicotomía entre explotadores y explotados la tentó, y algunas de sus publicaciones -principalmente la New Left Review- aplaudieron la revuelta a rabiar, apuntando que constituía la esperada y bienvenida respuesta "interrogativa, dialéctica y aún aporética" -de acuerdo con un celebrado ensayo de Alan Frankenstein- a la canónica pregunta frankfurtiana: "¿Es posible el sexo después de Auschwitz?".

M
ientras los periodistas periodizaban, los ensayistas ensayaban y los intelectuales intelectualizaban, ninguna de las novedades que excitaban este fluir de tinta pasó inadvertida ante la percepción (y las proyecciones de ganancias) de la industria editorial más comercial, que rápidamente calculó, y después explotó, las ventajas de lanzar nuevos medios dirigidos exclusivamente al segmento lector de los heterosexuales, a los que tierna y cariñosamente definió como "nuestro nuevo nicho editorial de mercado". Las revistas Playboy, Penthouse y Hustler abandonaron las modelos asexuadas y ambiguas de los últimos años para volver a su antiguo repertorio exuberante, el que conocían mejor, y que volvió a recompensarlos con la seguridad de una fórmula probada. Yves Saint Laurent, Christian Dior y Giorgio Armani también acusaron recibo: mucho tiempo después de haber consagrado para los varones talles chicos que muestran mucho la piel, y para mujeres envoltorios gigantescos en que sus generosas formas parecen flotar dentro de sedas imprecisas, audazmente implementaron planes para lanzar líneas de ropa decididamente femeninas apuntadas a las mujeres hétero, así como trajes masculinos para aquellos hombres que se identifican con ese rol. Calvin Klein, Guess y Wrangler se plegaron rápidamente, y las acciones de Versace -anteriormente inatacables- no tardaron en caer en picada.

Como las revoluciones Francesa, Norteamericana y Rusa, el nuevo paradigma político-cultural se propagó con velocidad, llegando incluso a las regiones que a primera vista hubieran parecido más inhóspitas y reactivas ante su influjo. Como la nuestra. La idea de lanzar un movimiento de este tipo en la Argentina ha estado dando vueltas por bastante tiempo en algunos círculos intelectuales: sin embargo, las conversaciones sobre el tema entre sus promotores han sido hasta ahora mayormente clandestinas, diaspóricas e inconcluyentes, como marcadas por el temor de confrontar con un consenso demasiado vasto. El fenómeno no es gratuito: hoy y aquí, en nuestro provinciano mundo de las letras, parece aún fuera de tono no simular siquiera una cierta inclinación homosexual, aunque

más no sea en los modales, el modo de vestir o el comportamiento frente al otro sexo. Quien no cumple las consignas es rápidamente estigmatizado como "machista" u "homofóbico" -del lado de los atildados varones literarios del día- o como "acosador" o "baboso" -del lado de las mujeres feministas-. Y estas calificaciones no son gratuitas: su corolario termina siendo la exclusión del réprobo del mundo universitario y editorial.
O aún peor. Véase, si no, lo que le pasó hace poco a un notorio ensayista heterosexual nacional de turbio origen centroeuropeo, vocacionalmente proclive al escándalo y la pendencia, que se atrevió a sugerir que todo se trataba de una operación de pinzas, en que homosexuales y lesbianas conspiraban contra la formación de la pareja heterosexual y, por ende, contra la procreación. Su alevosa conclusión

-cuya transcripción no necesariamente refleja nuestra opinión editorial, no sea cosa que los nuevos "Códigos de Autolimitación y Convivencia entre Ciudadanos" se nos vengan encima- fue que el objetivo de la componenda gay-lésbica era fomentar el paulatino exterminio de la raza humana, un holocausto consumado a través de los discretos métodos de esterilización masiva y progresiva de una baja constante en la tasa de natalidad gracias a la difusión de las pastillas anticonceptivas, la promoción del aborto como ideología de liberación personal y la celebración de la homosexualidad como consagración del hedonismo. También según esta teoría, el móvil del crimen sería el odio profundo de sus perpetradores hacia la humanidad, nacido del resentimiento por su doble y profundo fracaso: el fracaso de ser hombres y el fracaso de ser mujeres.

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arlos Radetzky -tal el nombre del repudiado hereje- terminó condenado por la Justicia a estudiar teoría feminista y a rendir exámenes periódicos sobre el tema ante la filial argentina de "Ex monjas por el lesbianismo entre las monjas", una organización no gubernamental subsidiada por Naciones Unidas con sede central en Noruega del Norte. Los pocos amigos que siguen visitándolo dicen que es una pálida sombra de lo que solía ser.
 

¡Arriba esos ánimos, sin embargo! No obstante estas dificultades, la gesta de los heterosexuales literarios argentinos recién comienza, y sus vacilaciones iniciales no deben llamar al desánimo. Innegablemente, sus primeras expresiones fueron a lo más un incierto balbuceo, pero ¿qué otra cosa podía esperarse de una minoría que sale de la larga noche del silenciamento? Ya lo dijo el poeta Georg Trakl: "Qué feo que parece todo lo que nace".

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(*)Escritor y periodista heterosexual asumido, promotor de una Liga por los Derechos del Hombre y uno de los principales activistas en favor de que se apruebe una ley antidiscriminación en el Congreso. Ha escrito "Cómo ser straight y no morir en el intento" (divulgación), "Soy heterosexual: ¿y cómo se lo digo a mi hijo?" (autoayuda) y "Confesiones de un HIV negativo" (testimonio, distinguido por la Asociación de Letras de Wyoming con el Primer Premio a la Visibilidad); También es autor de las novelas "Antes que amanezca", "Las cúpulas del Vaticano" y "La posesión de Rita Hayworth". Actualmente trabaja en una "Historia de la cordura en todas las épocas" y una "Antología de la prosa heterosexual en Argentina". También mantiene los talleres de orientación personal "Heterosexualidad sin culpas: sólo otra forma de disfrutar la vida", "El matrimonio contra el mingitorio" y "Cómo ser cristiano sin avergonzarse". Colabora con un equipo plurinacional dirigido desde Francia en una "Historia universal de los varones heterosexuales".