Proyecto de nación

para el Pentágono norteamericano

Por G.A.U.

Hay muchas doctrinas para reemplazar al viejo bipolarismo de la Guerra Fría. Muchas no son más que retóricas, mientras que otras simplemente racionalizan recortes presupuestarios ya decididos por imperativos políticos. Un país, sin embargo, no puede darse el lujo de tratar el dilema ligeramente, ya que es el único donde las "nuevas doctrinas" deberán poder servir sus intereses en la práctica.

Nadie acusaría al Pentágono norteamericano de negligencia, sino más bien de lo contrario. En la última década sucesivos Secretarios de Defensa y Jefes del Estado Mayor presentaron una cantidad tal de nuevas propuestas que estas quedaron devaluadas por su misma sobreoferta. Es muy simple entonces desestimar la revisión que el presidente norteamericano George W. Bush encomendó a su Secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, al asumir su mandato en enero. Y había tantas crisis internacionales que parecían minimizar la importancia de las reformas: la retención del avión espía norteamericano en China, la creciente alianza militar entre China y Rusia, el fallido bombardeo contra Irak, todo dejaba en un muy segundo plano al Pentágono. Pero en realidad estas crisis indicaban exactamente lo opuesto. Como en la química, donde la naturaleza y potencia de una sustancia se mide mediante su reacción con otra, esas crisis internacionales fueron las pruebas más contundentes acerca del significado e importancia de las reformas que impulsa Rumsfeld. Y esto hace mucho más simple su análisis. En una era de paz relativa, no hace falta adentrarse en arcanos debates técnicos sobre la guerra dentro de 20 años. Utilizando los términos más sencillos de relaciones internacionales se puede apreciar como "la doctrina Rumsfeld" es la verdadera guía para la política exterior norteamericana bajo George W. Bush.

No es difícil resumir los principales aspectos de su reforma. Su piedra angular es trasladar el foco de la estrategia norteamericana del ahora inexistente Frente Central en Alemania a los amplios espacios del Océano Pacífico. Al cambiar de región se cambia naturalmente de enemigo central, rótulo que se le quita a Moscú para conferirlo a Pekín. Y cualquier hipótesis de una guerra con China en el Pacífico requiere armas y equipos muy diferentes a las enormes Ejércitos acorazados de la OTAN. Las enormes distancias y la falta de obstáculos naturales priorizan unidades de largo alcance equipados con armas de igualmente largo alcance. Así, Rumsfeld impulsa la construcción de pequeños buques misilísticos capaces de eludir detección y operar a gran distancia de sus bases. Las flotas norteamericanas pasarían a estar centradas en estas naves en lugar del superportaaviones, cuya dependencia en bases cercanas a la zona de conflicto y su vulnerabilidad la hacen un instrumento inapropiado para "la proyección de fuerza" contra China. Habría un proceso muy similar en la Fuerza Aérea, limitando o eliminando los últimos proyectos de cazabombarderos (como el F-22 o el Joint Strike Fighter, JSF) y volcando recursos a bombarderos de largo alcance como el B-2.

Más allá de que esté expresado en términos militares, la "doctrina Rumsfeld" es en los hechos el proyecto de política exterior más integral que se maneja actualmente en Washington. En ese sentido, no es sorprendente que haya derrotado el gradualismo bienintencionado pero disperso del Secretario de Estado, Colin Powell, y se haya impuesto como principio guía de la diplomacia norteamericana. Quizá su primer éxito notable fue el ataque aéreo contra Bagdad --el cual, incidentalmente, arruinó una gira de Powell por Medio Oriente--, que fue motivado por una denuncia del Pentágono de que China había suministrado sofisticados sistemas de fibra de vidrio a los iraquíes para que sus defensas pudieran derribar aviones aliados. Y no fue ningún accidente, como diría el viejo Pravda, que la cantidad de vuelos espía cerca de las costas de China se hubieran incrementado después de la toma de mando de Bush, quien eliminó las restricciones que su predecesor había impuesto para salvaguardar las delicadas relaciones con Pekín. Naturalmente, con pesados aviones EP-3 volando en el límite del espacio aéreo chino, y cazas chinos volando cerca de ellos para intimidarlos, un choque era prácticamente inevitable, y eso fue exactamente lo que sucedió el 1 de abril. En un sentido limitado, la crisis que estalló cuando el EP-3 aterrizó de emergencia en la isla china de Hainan fue un revés para Rumsfeld, ya que dio a su rival Powell la oportunidad de colocarse en el primer lugar y legitimar su política gradualista logrando la liberación de los 24 tripulantes norteamericanos con un oportuno very sorry a Pekín. Pero unas semanas después quedó claro que Powell fue sólo un paréntesis. Bush adoptó un discurso altamente beligerante el minuto que los tripulantes volvieron a Estados Unidos, Rumsfeld interrumpió varios contactos militares con Pekín, y a principios de mayo ya se retomaban ostentosamente los vuelos espía cerca de China. Pudo interpretarse que la reciente venta de armas a Taiwán, a la que China considera "una provincia rebelde", mostró que la moderación de Powell no había sido derrotada del todo, ya que varias piezas de equipo no fueron entregadas, tales como los destructores Arleigh Burke equipados con el radar Aegis. Pero la venta fue lo suficientemente significativa como para que Pekín la condenara como "destructiva".

Todo esto muestra la oposición del Secretario del Estado no ha sido muy eficaz en frenar la política de Rumsfeld. En realidad, los enemigos más poderosos contra su doctrina podrían estar dentro de las mismas Fuerzas Armadas y el "complejo militar-industrial" que supuestamente serían sus principales aliados. No hay ninguna contradicción. Las propuestas del Secretario de Defensa son en cierto sentido un recorte encubierto, o bien un freno al aumento indefinido del presupuesto de defensa. Los generales norteamericanos sostienen que sus partidas deben aumentar de los actuales 60.000 millones de dólares a 70.000 o incluso 100.000 millones simplemente para financiar la modernización del equipo actual. El aumento que Bush previó en su presupuesto es mucho menor, ya que respetar los deseos de los militares implicaría menos recursos para su enorme recorte de impuestos y para el desarrollo del sistema NMD de defensa antimisiles. El plan de Rumsfeld le ofrece una salida. En aras de la modernización, las fuerzas armadas serían obligadas a abandonar varios de sus proyectos más preciados y costosos. La Armada, por ejemplo, debería suspender la construcción de superportaaviones clase Nimitz (que cuestan 4000 millones cada uno, y 2000 millones anuales en mantenimiento) y abocarse a la construcción de barcos lanzamisiles más pequeños, menos vulnerables, y mucho más baratos (500-700 millones). La Fuerza Aérea debería ordenar menos cazabombarderos F-22 (395 millones cada uno) y considerar cancelar el proyecto JSF, que sólo este año consumiría 856 millones en investigación. Todo esto permitiría "ahorros a largo plazo de 20.000 millones", según Andrew Krepinevich, uno de los integrantes de la comisión de reforma, y aseguraría que Estados Unidos esté preparado para la guerra del futuro.

Estos ahorros también parecen estar dirigidos a una reestructuración fundamental de las Fuerzas Armadas norteamericanas. Por supuesto, quienes obtendrán mayor poder serán la Armada y la Fuerza Aérea, los protagonistas inevitables de un conflicto en el Pacífico. En el Ejército se reducirían las fuerzas acorazadas listas para un blitzkrieg como el de la Guerra del Golfo, y su doctrina oficial eliminaría el requerimiento de poder pelear y ganar dos guerras regionales simultáneamente. Según los escenarios que maneja Rumsfeld, el Ejército quedaría limitado a una fuerza de reacción rápida para ser desplegada en territorio de aliados amenazados. Tendría un fin más que nada disuasorio: si cae bajo ataque, quienes decidirán la batalla serían los otros servicios. Sin embargo, no es claro si esto será suficiente para reconciliar a la Armada y Fuerza Aérea a las reformas, ya que el primero perdería sus superportaaviones y el segundo sus escuadrones de cazabombarderos, lo que en ambos casos probablemente llevará a una reducción de la superestructura jerárquica de las fuerzas; en otras palabras, a la eliminación de muchos puestos para sus oficiales.

Es por estos motivos que los ataques más feroces contra la doctrina Rumsfeld vinieron desde estos sectores de defensa. En el Congreso muchos legisladores influyentes, tales como John Warner --quien representa a Virginia, el estado donde se construyen los superportaaviones-- ya manifestaron su oposición a muchas de las ideas de Rumsfeld. Y varios periodistas asociados a las Fuerzas Armadas escribieron furiosas columnas sobre como "los generales son excluidos del proceso de reforma en favor de analistas y consultores que piensan lo que sus contratos dicen que deben pensar". Muchos más recelan la orientación anti-China de las reformas de Rumsfeld, ya que en ese país operan muchas de las corporaciones más generosas con el Partido Republicano a la hora de hacer donaciones de campaña.

Sin embargo, este choque tan dramático podría ser nada más que una gran maniobra de distracción. Es que el aspecto más importante de la doctrina Rumsfeld difícilmente sean los misiles Sunburn o los radares Aegis, sino la imagen del mundo que está detrás. La creación de escudos antimisiles, el desarrollo de fuerzas de largo alcance, la suposición que en cualquier crisis Estados Unidos estaría abandonado por aliados intimidados por las armas de destrucción masiva de sus enemigos, todo esto constituye una visión profundamente pesimista de lo que será futuro para la república imperial. Rumsfeld no es simplemente el títere del sector de defensa, como lo demuestran sus recortes y peleas con ese mismo sector. Su estrategia se reduce a un juego de divide e impera entre las diferentes industrias y fuerzas armadas, con premios y castigos que contrapesan a uno contra el otro. Y en esta apuesta no cuenta de ningún aliado entre los diplómatas del Departamento de Estado. En cierto sentido, la visión del Secretario de Defensa sobre el futuro de Estados Unidos tiene un curioso paralelo con su situación personal dentro de la Casa Blanca. Es la de un actor con gran poder pero también grandes enemigos, que no se siente tanto aislacionista como aislado, en un entorno que le es irremediablemente hostil.

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