Carlos V y la Frustración del Último Imperio Cristiano
por LIC.VICTOR LAPEGNA

Buenos Aires, 23 de octubre 2001


La idea imperial de Carlos V y los hechos en los que la expresó, según Ramón Menéndez Pidal , eran de inspiración romana y consistían en procurar "hacer de todos los hombres una familia, unidos por los dioses, por la cultura, por el comercio, por los matrimonios y la sangre".

Añade Menéndez Pidal que "(...) según la doctrina romana imperial, el gobernante se debe consagrar al bien del súbdito y no viceversa, concepción iniciada por Augusto, cristianizada por San Agustín y desarrollada en la colosal construcción legislativa de Justiniano".

Al hacer suya la doctrina romana imperial cristianizada - en primer término por decisión propia y como herencia de su abuela, Isabel de Castilla, aunque también por la influencia que en él ejercieron sus consejeros españoles - Carlos V pugnó "por compenetrarse con la nación española, a la que tan ajeno se había educado; por hacer que aquella jefatura honoraria sobre los señores alemanes a que el imperio venía reducido, se convirtiera en jefatura efectiva sobre la cristiandad entera; por armonizar, en fin, su política y la del papa, dentro de los intereses universales".

Todo su reinado, según el autor antes citado, "fue un continuado esfuerzo" por eliminar las contradicciones que signaron su acceso al trono: "Un rey de España que sube al trono sin poder hablar el español. Un emperador que se dice señor de todo el mundo y no es obedecido siquiera en toda Alemania; que lleva por título rey de romanos y es elegido únicamente por alemanes; que no es cabal emperador si no es coronado por el Papa y no manda en las tierras del Papa".

Afirma el historiador y lingüista español que aquella concepción imperial de Carlos V chocaba con la de sus consejeros flamencos, como Chievres y la de su consejero italiano, Mercurino Gatinara, todos los cuales adscribían al pensamiento de la república romana, según la cual "las provincias eran predios que el gobernante explotaba".

Gatinara, un humanista cautivado por la obra dantesca De Monarchia y también llevado por intereses personales derivados de su condición de italiano, pretendía que Carlos V ejerciera una monarquía universal mediante la adquisición de más territorios (el Delfinado, Italia, etc.).

El doctor Mota, un clérigo español que era el tercero en el Consejo Real, vinculado a Fernando el Católico, que estuvo junto a Carlos desde los 14 años de este y llegó a ser obispo de Badajoz fue, según Menéndez Pidal, uno de los que dio sustento a las ideas imperiales de Carlos V. Y le acompañaban en esa orientación otros consejeros españoles como Hugo de Moncada y el marqués de Pescara (pese al título italiano, sólo hablaba español), así como Alfonso de Valdés, secretario de cartas latinas del emperador (hermano de Juan de Valdés, autor del clásico "Diálogo de la Lengua") y fray Antonio de Guevara, estilista cuya obra "El reloj de príncipes" le tornaría autor de moda en Europa.

Todos ellos le asistieron en formular la idea tendiente a la construcción de un sistema de armonía entre los príncipes católicos que no se propone someter a los demás reyes, sino coordinar y dirigir los esfuerzos de todos para combatir a los infieles y lograr la universalización efectiva de la cultura cristiana (la universitas christiana de San Agustín), idea que intentó concretar mediante la construcción de una suerte de Estados Unidos de Europa y América, cuyo núcleo era esa España del siglo XVI en la que persistía el mejor espíritu de las Cruzadas.

Dejando ahora a Menéndez Pidal, nuestro parecer es que tan magna obra como la encarada por Carlos V se fue frustrando en cada uno de los pasos que intentó recorrer, tal vez con la sola excepción de su esfuerzo consciente por hacer América y con ella realizar la ecúmene cristiana, tarea de dimensión histórica descomunal en la que el mérito mayor corresponde al emperador español.

Su esfuerzo por hacer de España el núcleo identificado con su proyecto imperial fue obstaculizado y hasta cierto punto impedido por la política rapaz y depredadora de sus consejeros flamencos.

En buena medida ellos fueron quienes le impidieron al joven emperador mantener la continuidad del espíritu democrático de su abuela Isabel - quien supo cristianizar y adaptar a la realidad del siglo XV los principios del partido popular que en Roma construyó el imperio, en pugna contra la oligarquía senatorial, partidaria de la república - y las ambiciones menores de esos consejeros fueron fuente de desencuentros y equívocos con los comuneros, que llevaron a la tragedia de la batalla de Villalar de 1523.

Al vencer en ese combate, apoyado por los señores de Castilla - que supieron unir sus intereses crematísticos y de poder local que veían limitados por el reclamo de cumplimiento del testamento popular y democrático de Isabel levantado por los comuneros - el emperador pudo afirmar su dominio en el frente español al derrotar a los comuneros encabezados por Juan y Manuela Padilla, quienes no alcanzaban a comprender y a aceptar el destino universal que Carlos V proponía cumplir a España.

Pero el resultado de la batalla de Villalar y los efectos que tuvo en la vida y la conciencia del pueblo español, privaron al emperador de la posibilidad de alimentar a su inspirado proyecto universalista con un respaldo plebeyo - aquel que se expresa en Fuenteovejuna - que le hubiera dotado de una fuerza y un componente popular y democrático - por ello, modernizador - notoriamente superiores a los que llegó a tener.

Otra de sus líneas de acción fue motivada por la fuerte impresión que causó en el emperador la intervención de Martín Lutero en la Dieta de Worms.

Frente a la ruptura protestante, el emperador se orientó en el sentido del sentimiento erasmista que sustentó la reforma católica o el renacentismo español, lleno de anhelo por la unidad cristiana al tiempo que audaz en fustigar la corrupción de las instituciones unitarias a las que acata.

La creación de la Compañía de Jesús es uno de los frutos - ciertamente, no el menor - de esa España cuyo emperador procura persuadir al Papa de la conveniencia de un Concilio general que examine la herejía de Lutero, buscando pacificar los espíritus y corregir los abusos de la jerarquía de la Iglesia de aquel tiempo, intentando conducir simultáneamente al Papa hacia una concordia católica y a los luteranos hacia un retorno al Papa.

Incomprendido por los Pontífices con los que trató, la tardía reunión del Concilio de Trento - a pesar de que en él lucieron los jesuitas y teólogos españoles - no logró la restauración de la unidad cristiana con la que soñó el emperador.

Tampoco prosperó el intento de Carlos V de convencer a otros príncipes de su proyecto imperial. Tal vez su fracaso más notable se constate en el comportamiento de Francisco I, rey de Francia, a quien venció categóricamente en la batalla de Pavía (1525).

Habiéndolo hecho prisionero, desechó la propuesta de sus consejeros flamencos e italianos, que proponían hacen valer la situación para concretar adquisiciones y prefirió seguir la opinión de sus consejeros españoles, honrando a su vencido y prisionero en procura de la reconciliación con Francia.

El monarca francés no pagó bien esa generosidad según lo pudo constatar el propio Carlos V, cuando encontró cartas de Francisco I dirigidas a los reyes moros con los que combatió en persona.

Tampoco logró inclinar hacia su proyecto imperial a los monarcas ingleses de la casa Tudor ni a la mayor parte de los príncipes alemanes.

Para ir terminando, hemos de transcribir el párrafo final de la exposición de Menéndez Pidal, cuya primera publicación se hiciera en 1940, que inspiró este apunte.

"El imperio de Carlos V es la última gran construcción histórica que aspira a tener un sentido de totalidad; es la más audaz y ambiciosa, la más consciente y efectiva, apoyada sobre los dos hemisferios del planeta y, como la coetánea cúpula miguelangelesca, lanzada a una altura nunca alcanzada ni antes ni después. El reinado de este emperador europeoamericano queda aislado, inimitable, sin posible continuación. Después de él, toda universalidad quedó excluida. Sólo ahora, algunos hombres vuelven a buscar afanosos un principio unificador que pueda restaurar en el mundo la deshecha ecumenicidad. Si cualquier día, la humanidad emprende tal restauración, entonces, sin duda, España, la de los frutos tardíos del renacimiento, tendrá algo que hacer en el abnegado camino de ese ideal".

Tal vez sea sólo el producto de nuestra loca fantasía, pero encontramos en estas palabras una actualidad notable, a la luz de la realidad que vive el mundo en esta alborada del Tercer Milenio, cargada de nubarrones y, mutatis mutandi, nos suscita algunas preguntas que podrían valer el esfuerzo de intentar responderlas.

¿En este inicio del siglo XXI, podrá Estados Unidos, "la república imperial", ser el núcleo de una universalidad cristiana que no pudo completar la España de Carlos V, en la primera mitad del siglo XVI?.

¿Será posible encontrar algún camino de armonía entre la tendencia de la evolución que se expresa en la globalización y la revolución tecnológica como datos estructurales propios de esta fase histórica y las demandas de justicia y sentido (inquietud por el ser y no sólo por el hacer) que, más allá de intereses y tendencias, alienta en muchos de los partícipes en los movimientos sociales de protesta de este tiempo y podrá pasar ese camino por una democratización económica, social y política de sistemas de decisión de dimensión universal?.

¿O volverá a producirse una nueva batalla de Villalar en la que, como sucedió en 1523, no sólo sean vencidos los "comuneros" de esta época, sino que los vencedores obtengan una victoria pírrica porque conduzca a la frustración de un proyecto imperial universal?.

¿La coalición mundial que se forjó en torno de los Estados Unidos a partir de los atentados del 11 de setiembre será el inicio de la construcción de un sistema de armonía entre los que ejercen el poder en las naciones que no se proponga someter a los demás gobernantes, sino coordinar y dirigir los esfuerzos de todos para combatir a los "infieles" y lograr la universalización efectiva de una cultura religiosa en que la que convivan cristianos, musulmanes, judíos y otras religiones?.

¿Si en el siglo XVI la búsqueda de una reconciliación de la cristiandad que se dividía fue propuesta por el erasmismo español, aquel que inspiró a Vives, a Vitoria y que expresó también Santo Tomás Moro - a quien Juan Pablo II estableció como patrono de los políticos y los gobernantes - será posible que este siglo XXI ese pensamiento armonizador de las tensiones interculturales e interreligiosas pueda ser el justicialismo?.

¿Hay alguna relación entre la España de los mudéjares en la que convivían en armonía y paz cristianos, musulmanes y judíos, con esta Argentina nuestra en la que se restauró aquella misma convivencia entre comunidades numerosas y por largo tiempo, como creemos que no sucedió en ningún otro lugar del planeta y esas experiencias pueden dar elementos para afrontar la tensión interreligiosa que padece el mundo de hoy?.

¿Por último, será por mera casualidad que el holandés Adriano de Utrecht, preceptor de Carlos V, haya sido el último papa no italiano, antes de Karol Woytila?.

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