EL TERRORISMO FUNDAMENTALISTA:
VIA DESESPERADA PARA
AFRONTAR AL COLAPSO MARXISTA Y LA PRIVATIZACION DE DIOS


Por
Víctor Eduardo Lapegna y Luis Fernando Calviño


"Estad prevenidos de todo hombre de un libro".

(Proverbio de la Roma Imperial)

El terrorismo practicado por fundamentalistas cristianos, judíos y musulmanes - las tres grandes "religiones del libro" - contribuyó a ensangrentar las décadas finales del siglo XX y provocó la primera guerra mundial del siglo XXI.

Bastaría con eso para justificar que iniciemos estas reflexiones evocando el proverbio que dictara la prudencia pagana de algún sabio de aquel Imperio universalista e integrador, para advertir de quie quien sustente una fe religiosa, que nunca deja espacio para dudar de nada, en el solo seguimiento de su particular interpretación, supuestamente literal, de las palabras del Libro.

Ese modo desviado de la vida religiosa fue motivo de especial interés y consideración en el último mes, a partir de que atentado criminal de Al-Quaeda (La Base) del martes 11 de setiembre en los Estados Unidos colocara el foco de la atención mundial en Osama bin Laden, señalado como paradigma del fundamentalismo terrorista.

Este ataque y otros que los precedieron, también cometidos por hombres que se declaran musulmanes, así como el tratamiento que la prensa de Occidente suele dar a las cuestiones vinculadas al mundo del Islam, podría inducir a suponer que el proverbio romano que algunos atribuyen a Séneca con el que se inicia este subtítulo, sólo ha de aplicarse a los hombres del Corán, que es uno de los Libros.

Pero conviene recordar que en años recientes también hubo graves acciones terroristas llevadas a cabo por criminales fundamentalistas que decían inspirarse en la Torah y en el Evangelio, los otros Libros Sagrados de las grandes religiones monoteistas.

Por caso, el 4 de noviembre de 1995 fue asesinado en Tel Aviv el primer ministro israelí, Isaac Rabin. Su matador fue Ygal Amir, adherente del grupo político Kach cuyo fundador y `principal dirigente fue el rabino Kahane, a su vez asesinado en Nueva York en 1990. Esa es una de las más duras entre las corrientes que reclaman que Israel ocupe todas las tierras que le habrían sido dadas por Yahvé, según la lectura que hacen de los Textos Sagrados, en especial en la Cisjordania, a la que designan como Judea y Samaria, que son sus nombres bíblicos. Ante el tribunal que lo juzgó por el asesinato, Amir afirmó que "la Ley judía establece que se debe matar a los enemigos y yo dediqué mi vida a aprender la Ley judía".

También en 1995, pero el 19 de abril, el edificio que alojaba las oficinas del gobierno federal de los Estados Unidos en la ciudad de Oklahoma fue parcialmente destruido por la detonación de un coche bomba. El atentado causó la muerte a 168 personas, entre lo que había 19 niños. Se detuvo, juzgó y condenó como autores de ese atentado al ex infante de marina de los EE.UU. Jeremy Mac Veigh y a su amigo Terry Nichols, ex oficial de la armada, quien fue condenado a cadena perpetua como conspirador del atentado Ambos habían estado relacionados con las llamadas Milicias de Michigan, un grupo sectario y fundamentalista que denuncia una vasta conspiración (incluyen en ella a "judíos", "católicos romanos", "negros", "liberales", "masones" y "comunistas", entre otros) que, según afirman, se apoderó del gobierno federal de los EE.UU. y lo conduce a obrar contra sus ciudadanos. McVeigh, al ser ejecutado, rechazó la compañía de sacerdotes y toda asistencia espiritual. No perdió la convicción de que en el futuro no se le consideraría un asesino, "sino un patriota que luchó contra la creciente tiranía del gobierno". Para explicar su estado de ánimo dejó el texto del poema "Invicto", del británico William Ernest Henley: "Desde la negra noche que me cubre, doy gracias a los dioses, sean cuales sean, por mi alma inconquistable. En la garra de las circunstancias no he parpadeado ni he gritado (...) Mi cabeza está ensangrentada, pero firme. Más allá de este lugar de ira y lágrimas no se vislumbra más que el horror de la sombra (...) Soy el dueño de mi destino, soy el capitán de mi alma".

Con estas evocaciones queremos marcar una realidad ominosa: lo que la brutal elocuencia de los hechos del martes 11 de setiembre vino a mostrar es la potencia de la capacidad destructiva del nuevo terrorismo - que afecta mucho más que lo material - que se inspira en una lectura en clave fundamentalista de los Libros Sagrados de las tres grandes religiones monoteístas.

En medio del fárrago inabarcable de informes, análisis y comentarios acerca del martes 11 que volcaron todos los medios - al que, con estas líneas, estamos haciendo nuestra modesta contribución - no faltaron consideraciones específicas dedicadas a la motivación religiosa del atentado.

Todas las que pudimos leer - que fueron muchas para nuestra capacidad de lectura, pero seguramente muy pocas respecto de las que han de haber aparecido - tienden a coincidir en una interpretación "políticamente correcta", lo que para nosotros significa que proponen una mirada que nos parece errónea, rutinaria y poco convincente.

Novelistas como el portugués Antonio Saramago y el peruano Mario Vargas Llosa o ensayistas como el español Fernando Savater y el argentino Juan José Sebrelli; por sólo mencionar a los que nos parecen más conocidos entre los muchos articulistas cuyos textos nos impusimos leer, son algunos de los que eligieron triscar por jardines de un convencionalismo ramplón, regado con las aguas indistintas del liberalismo y el marxismo.

A la manera de los peores abusos de la "nouvelle cuisine", los platos que nos sirven estos señores son abundantes en adornos pero escasos en sustancia y se limitan a exponer - con muchos ripios y algunas citas - un remanido sofisma del modernismo, fundado en la premisa según la cual la religión es expresión del atraso y la barbarie y a ella se enfrenta la modernidad que se expresa en el Estado laico y representa la civilización.

Si se quisiera discernir desde ese sofisma la inquietante realidad del terrorismo fundamentalista, habría que concluir que Atta, Amir y Mac Veigh, así como quienes les guiaron en sus actos criminales, en verdad pudieron haber encontrado en el Corán, la Torah o los Evangelios el mandato para obrar del modo en que lo hicieron.

En este trabajo intentaremos refutar esa hipótesis en un modesto intento de hermenéutica y exégesis de los Textos Sagrados procurado desde la elementalidad de nuestros saberes en tal materia, para llegar a afirmar que la Palabra del Señor ahí contenida no justifica la interpretación que de él hacen los fundamentalistas judíos, cristianos y musulmanes, que se creen elegidos por Dios para matar en su nombre.

Porque estamos convencidos de la honda verdad que contiene aquel refrán popular que dice "Dios escribe derecho sobre renglones torcidos", confiamos en que El, en su infinito amor y sabiduría, sabrá inspirarnos a todas sus creaturas para que sepamos asistirle en "escribir derecho" el texto del futuro humano, aunque deba hacerse sobre esos "renglones torcidos" hasta la deformidad por la acción de los terroristas del fundamentalismo.

Pero antes de internarnos en los caminos de la hermenéutica y la exégesis, queremos dar el debate a las interpretaciones modernistas, tanto liberales como marxistas, en el plano de la interpretación histórica y de las conclusiones políticas que se desprenden del fenómeno.

No nos guía a ir a este debate un mero afán académico o teórico, sino la certeza de que el discernimiento que pueda hacerse de estos temas estará directamente vinculado al resultado que vaya a tener la guerra contra el terrorismo, que está en curso.

La Diferente Relación de Dios con el Estado en Europa y en los Estados Unidos de América

El valor actual y operativo de esta polémica puede percibirse al comprobar que los mismos que denuncian a bin Laden por traer al presente la "intolerancia" y la "barbarie" de las religiones que corresponden a un pasado que habría venido a superar la modernidad - liberal o marxista - que ellos expresan; también suelen alinearse entre los críticos del fundamento moral del discurso con el que el presidente de los Estados Unidos, George W. Bush, convocó a su pueblo y a los del mundo a librar el buen combate contra el terrorismo.

Es cierto y notorio que varias y fuertes fueron las referencias de tono religioso en ese discurso de Bush y transcribimos algunas de ellas en la nota al pie de este documento , pero las que suscitaron más críticas del modernismo liberal y marxista fueron las siguientes:

"La libertad y el miedo, la justicia y la crueldad han estado siempre en guerra y sé que Dios no es neutral entre ellas"

"Todas las naciones de todas las regiones tienen que tomar ahora una decisión: o están con nosotros o están con el terrorismo".

Esta última afirmación irritó sobremanera a la tendencia relativista y el progresismo antiyanqui que predominan en el pensamiento liberal y marxista, por colocarles en la incómoda posición de tener que optar entre Bush y bin Laden, siendo que para ellos ambos tienden a ser dos caras del mismo fundamentalismo religioso que dicen rechazar, con lo cual debían elegir, por así decirlo, "entre la sartén y el fuego".

Una sensación acentuada desde que el presidente de los Estados Unidos se permitió afirmar que "Dios no es neutral" y está a favor de la libertad y de la justicia en la guerra que libran contra el miedo y la crueldad.

Es obvio que, con esa expresión, el presidente de los Estados Unidos asumió para el bando que le toca encabezar en esta guerra aquella antigua consigna "Dios con nosotros", que animó a casi todos los combatientes religiosos que han sido en la historia y de la que pretende apropiarse el terrorismo fundamentalista.

Al obrar de ese modo, Bush fue fiel a la tradición política de los Estados Unidos que, aún desde antes de ser Nación, asumió la presencia de Dios y de los principios religiosos como inspiración de la vida pública y fundamento final del Estado, del sistema democrático, del derecho y de todo poder y que, a la vez, pudo armonizar esa base religiosa de su vida pública con la tolerancia, el pluralismo y el reconocimiento de la libertad de todas las personas para adorar a Dios y hasta para no creer en él, según su consciencia.

Incluso desde antes de 1777, los gobernantes y el pueblo de los Estados Unidos probaron que es posible reconocer a Dios como fuente última de la verdad, la vida pública, el derecho y el poder y, a la vez, creer "en el progreso y el pluralismo, la tolerancia y la libertad", que son los principios por los que Bush convocó a todos a un combate que, según afirmó, "es la lucha de la civilización".

Sucede que en el ethos profundo de la cultura política de los Estados Unidos no arraigó en demasía aquella premisa que considera términos antitéticos a la religión y la civilización y que domina en los círculos liberales y marxistas de Europa y en las elites intelectuales de las regiones del mundo signadas por eurocentrismo, es decir, en buena parte de los países de Asia, Africa y América Latina.

Un ejemplo de la vigencia actual de aquel ethos lo brinda una reciente encuesta, en la que la mayoría de los ciudadanos estadounidenses consultados eligieron a Jesucristo como su figura preferida en la historia y en la declararon que vital poder tener una buena familia es su principal anhelo.

Ya Alexis de Tocqueville, en su obra clásica "La Democracia en América", había tomado nota del hecho que "en los Estados Unidos la religión sabe servirse de los instintos democráticos".

En aquel texto, el escritor francés también reconocía que "no existe en el mundo más que el patriotismo, o la religión ,para hacer marchar durante mucho tiempo hacia un mismo fin a la totalidad de los ciudadanos".

Una muestra más del aprecio que suscitó en el muy católico de Tocqueville comprobar el espíritu religioso del pueblo de los Estados Unidos - dos religiosidades molestan a Francis Fukuyama, declarado admirador del escritor francés y fallido pronosticador del "fin de la historia - puede encontrarse en su alusión a la completa descentralización del poder político en aquel país y al peso decisivo de su sistema municipal, en la que afirma que "es el hombre quien hace los reinos y crea las repúblicas; pero el municipio parece surgir directamente de las manos de Dios".

Pero además de respetar la vigente tradición política y cultural de los Estados Unidos, la apelación de Bush a Dios es un arma esencial en la búsqueda de la victoria en el combate iniciado contra un enemigo de alta peligrosidad dado que, como dijera el presidente en su discurso, "estos terroristas no matan solamente para sesgar vidas, sino para alterar un modo de vida y acabar con él.

Ese peligro había sido anticipado hace ya más de un quinquenio en un artículo de Walter Laqueur, presidente del Consejo Internacional de Investigación del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, que se tituló "El Terrorismo Postmoderno" en el que se advertía: "Es posible que de 100 intentos de superviolencia terrorista 99 fracasen, pero uno solo que tenga éxito podría dejar muchas más víctimas, producir más daño material y desatar un pánico más grande que cualquier otra cosa que el mundo ha experimentado hasta ahora".

No se requiere demasiada perspicacia para comprender que estaría condenado a una derrota anticipada quien pretendiera librar la guerra contra el terrorismo fundamentalista en el frente cultural y espiritual, desde el relativismo moral que enarbola el agnosticismo modernista, liberal y marxista.

Sólo quien se apoye en una fe en Dios firme, explícita y que no desdeña a la razón, podrá vencer en el escenario cultural y espiritual de esta guerra a quienes apelan al terrorismo en su "asalto a la sociedad secular", por usar términos con los que Alvin Toffler, en sus libros "La Tercera Ola" y "El Cambio de Poder", expresaba su irritación por "la influencia ascendente" de las religiones, que percibía que "cobran fuerza y alcance cada vez mayores".

Esa apreciación acerca de la "revancha de Dios" se ve confirmada por el aumento del número de fieles de las grandes religiones monoteístas del que da cuenta el cuadro siguiente.

NUMERO DE FIELES DE LAS RELIGIONES ENTRE LOS AÑOS 1900 Y 2000

 

1900

1970

1986

2000

Católicos

226.419.400

672.319.100

886.698.600

1.132.541.500

Protestantes

142.577.100

353.647.800

449.852.300

589.327.000

Ortodoxos

115.897.700

143.402.500

171.489.300

199.819.000

Musulmanes

200.102.200

550.919.000

837.308.700

1.200.653.000

Judíos

12.269.800

15.185.900

18.023.700

20.173.600

Como puede comprobarse en este cuadro, en el último tercio del siglo XX prácticamente se duplicó la cifra de católicos y musulmanes del mundo y hubo también un aumento, menor pero considerable, de los cristianos, tanto protestantes como ortodoxos, y también del número de los judíos.

Ese incremento cuantitativo de las grandes religiones monoteístas en las últimas décadas explica que el espacio cada vez más vasto de personas de fe pueda ser un caldo de cultivo apto en el que busquen crecer los fundamentalismos, incluso en su versión terrorista.

De allí que no parezca sensato que se le quiera oponer un agnosticismo que marcha a contramano de esa tendencia, como proponen los voceros del liberalismo y el marxismo que, a esta altura de la historia, aunque se proclamen paladines del modernismo, suenan extemporáneos.

Desde fines del siglo XVIII, en Europa y en los restantes sitios del mundo que se rindieron al eurocentrismo modernista, la premisa que identifica a la religión con el atraso y la barbarie y la contrapone con el. Estado laico como expresión de la modernidad y la civilización, pudo ser usada por los liberales para promover y lograr la privatización de Dios y la estatización de su moral liviana y relativista.

Con el triunfo de la Revolución Francesa, Europa excluye a Dios del ámbito público y así deja de ser una sociedad cristiana para convertirse en una civilización moderna y agnóstica que, a través del colonialismo y de la pauta eurocentrista que se instaló como la matriz cultural de las élites de Asia, Africa y América Latina, adquirió una dimensión universal.

En esas postrimerías del siglo XVIII, quienes poblaron las 13 colonias de América del Norte que dieron origen a los Estados Unidos no compartían ese enfoque, que proponía un enfrentamiento antagónico entre Dios y la razón, entre la religión y el Estado, entre la fe y la vida pública.

Lógico es así haya sido dado que los célebres Pilgrim´s del Mayflower, habían llegado a las tierras de América impulsados por su decisión de construir una comunidad que, asentada en la familia y su fe en Dios, no aceptaba que esa experiencia religiosa, social y política pudiera ser regida por otra autoridad terrena que la emanada de la voluntad democrática de ellos mismos y no aceptaba que ninguna autoridad política, Rey o Presidente, pudiera querer situarse tan alto como para pretender decidir el modo de relacionarse con Dios - eso es la religión - que adoptaría cada persona, cada familia y la sociedad toda.

En contraste, el agnosticismo europeo y eurocentrista, en su extremo racionalismo, después de dejar a Dios, dirige su fe a la ciencia a la que luego reemplaza por las ideologías, que fueron un gran invento de la modernidad para intentar sustituir a la religión.

Las ideologías (liberalismo, positivismo, nazismo y, sobre todo, marxismo en sus diversas variantes) son religiones sin Dios que se instalan como cosmovisiones ideales que pretenden abarcar toda la realidad y combinan la propuesta de una transformación de la realidad aquí y ahora, en un plano tangible y material, con una teleología que propone la construcción de un mundo ideal.

Ya en el siglo XX, la ideología predominante pasó a ser el marxismo, que logró establecer formas diversas de fe en esa "creencia que se cree ciencia" - como dijera Octavio Paz del pretendido "socialismo científico" -, tanto donde sus fieles lograron el control del Estado (comenzando por la Unión Soviética), como donde, aún sin alcanzarlo, supieron permear a la sociedad civil con los valores, principios y nociones de su moral revolucionaria y atea, en sus versiones leninistas, gramscianas, maoistas o castro-guevaristas.

Coincidimos a este respecto con el filósofo italiano Augusto del Noce cuando, polemizando con el socialista liberal Norberto Bobbio, afirma que "(...) la historia contemporánea, insertada en el marco más amplio de la historia mundial, no puede ser entendida más que como la historia de la realización del marxismo, de su total éxito y al mismo tiempo de su quiebra no menos total. Las mismas posiciones que ha asumido el mundo occidental a lo largo de las últimas décadas, no pueden ser comprendidas más que como contragolpes en relación al marxismo".

Aunque la subsistente presencia de Dios en la vida pública de los Estados Unidos evitó que en ese país llegase a enraizar el pensamiento marxista en forma significativa, el debilitamiento de esa moral religiosa fue avizorado por Daniel Bell quien en su libro Las Contradicciones Culturales del Capitalismo, que fue publicado hace 20 años, dice que "el capitalismo norteamericano ha perdido su legitimidad tradicional, que se basaba en un sistema moral basado en la santificación protestante del trabajo, sustituido por un hedonismo que promete el bienestar material y el lujo".

Es difícil ser benevolente frente a los efectos provocados en la vida de las naciones de Europa y de todo el vasto ámbito de influencia del eurocentrismo, por la privatización o proscripción de Dios y la aplicación de una moral pública sustentada en las ideologías del siglo XX, ya sea en la versión agnóstica y relativista del liberalismo y el positivismo, en la versión pagana del nazifascismo o en la falaz religiosidad atea del marxismo.

Esa trágica experiencia puede resumirse con una frase del poeta romántico alemán Höderlin: "siempre transformó al estado en un infierno el hecho de que el hombre haya querido convertirlo en su paraíso".

A este respecto cedemos la palabra a monseñor Joseph Ratzinger que en su libro "Iglesia y Modernidad" afirma "que un estado que, por principios, se proclame agnóstico respecto de Dios y de la religión y que fundamente el derecho nada más que sobre la opinión de la mayoría, tiende desde adentro a reducirse al nivel de una asociación para delinquir". Añade el teólogo y cardenal alemán que, "en esto hay que darle simplemente la razón a la interpretación surgida de la tradición platónica propuesta por San Agustín: donde Dios es excluido, entra en su lugar la ley de la organización criminal, no importa si ello sucede en forma desvergonzada o atenuada".

Los regímenes de Lenin, Stalin, Hitler y Mussolini y sus epígonos de la periferia eurocentrada - desde la Camboya de Pol Pot a la Cuba de Fidel Castro, a las dictaduras latinoamericanas que pretendían justificar sus prácticas criminales y liberticidas en el combate contra el marxismo - prueban la verdad de las afirmaciones de Hoderlin y Ratzinger y la de del Noce mencionada más arriba.

Es por eso que nos parece una demasía que la misma premisa que llevó a instaurar una moral pública que fracasó en los siglos XIX y XX quiera ahora ser usada para sustentar el mismo sofisma en estos comienzos del siglo XXI, llegado tras un colapso del "socialismo real" al que sólo una miopía lindante con la ceguera puede hacer ver como el renacimiento del "liberalismo real".

Esta demasía ya no nos evoca los casi inodoros platillos de la "nouvelle cuisine" - que, como todo el mundo sabe, están más hechos para mirar y admirar que para comer - sino que huele a carne podrida, si se nos permite el castellano.

También resulta una desmesura suponer, como lo hacen los neoliberales y neomarxistas al uso, que la conducta criminal de los terrorismos fundamentalistas esté en verdad aceptada y hasta promovida en los Textos Sagrados de las tres grandes religiones y sólo sea desautorizada por un supuesto progreso en el tiempo de la moral pública media, alcanzado mediante el apego a las virtudes logrado por obra y gracia de la modernidad (¿o la llamaremos postmodernidad?).

Esa moral pública que se proclama agnóstica y excluye a Dios y a la religión como fundamento último del derecho y el Estado parece haber entrado en una crisis terminal a partir de la década de 1970, cuando la creciente falta de fe en el marxismo prenunciaba el colapso del socialismo real que se produjo en 1989 / 1991.

Algunos de los actuales adversarios racionalistas de todo fundamentalismo, al extender esa calificación a quienes no aceptamos un completo relativismo, incurren en una paradójica forma de "fundamentalismo".

Es el caso del juez español Baltazar Garzón, quien de una parte aboga por la aplicación urbi et orbi de su interpretación acerca de los derechos humanos, a los que confiere la condición de una pretendida metafísica de alcance universal.

Pero ese mismo Garzón es firme seguidor y convencido paladín de un racionalismo europeo de naturaleza funcionalista que, al entender todos los contenidos como funciones, los hace sustituibles por sus equivalentes funcionales, negando toda metafísica e incurriendo en un completo relativismo moral.

No hay coherencia posible en quien quiere exponer un discurso racionalista para sustentar el imperio universal de los derechos humanos y a la vez se declara partidario de un relativismo, igualmente racionalista, que rechaza todo presupuesto sobre lo verdadero y lo falso, lo bueno y lo malo como despreciable metafísica tomista

Por ese camino, el universalismo europeo del juez Garzón y sus pares, al querer emanciparse de sus propios fundamentos metafísicos, tiende a autodisolverse, buscando evitarlo incurriendo en posturas que son propias de "fanáticos" y "fundamentalistas", dos especies de las que estos progresistas dicen abominar.

Lo expuesto hasta aquí creemos que aporta una primera explicación que permite entender que el fundamentalismo puede ser visto como una reacción de resistencia a la exclusión de la religión del ámbito público y a la total desvinculación del Estado y la vida pública respecto de Dios, que apela a una politización de la religión que, en sus extremos más desesperados, lleva a la violencia y al crimen.

En verdad, su objetivo no es volver a algún pasado en el que Dios regía la vida pública de la sociedad, sino lograr la reconversión religiosa del mundo, restaurando la soberanía de Dios sobre e1 Estado y recuperando el papel integrador e integral de la religión en la sociedad (de ahí que el término integrismo se use como equivalente a fundamentalismo).

Ese fundamentalismo, curiosamente, recurre a los instrumentos de la modernidad para enfrentarla y, a1 politizarla, rebaja la religión a la condición de una ideología con Dios, con la que viene a querer llenar el vacío creado por el ocaso del marxismo, que elevaba la ideología a la condición de una religión sin Dios.

De ahí que, parafraseando la tesis leninista del imperialismo como fase superior del capitalismo, podría definirse al fundamentalismo como la fase superior del totalitarismo, en tanto los grupos de esa condición que apelan al terrorismo (sean judíos, cristianos o musulmanes) tienen como objetivo imponer al resto de la sociedad su voluntad, a la que consideran expresión de la voluntad divina, ejerciendo toda la violencia que se requiera para lograrlo.

No era otra cosa lo que pretendían Marx, Lenin, Stalin, Hitler y Mussolini, salvo que situaban a sus ideologías donde estos fundamentalistas colocan a Dios.

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