Las Torres Gemelas y el secuestro de Aramburu

CUANDO EL TERRORISMO GOLPEA PARADIGMAS

Abel B. Fernández


Los eventos del 11 de setiembre de este año han producido, como corresponde a la era en que vivimos, una inundación sin paralelo de palabras. Nadie las ha leído todas, ni siquiera una mayoría de ellas. Humildemente, entonces, siento que debo justificar la pretensión de agregar algo, desde este lejano Sur Occidental.

Mi planteo es que la experiencia argentina con la guerrilla urbana y su represión en la década de los ‘70 del siglo pasado brinda aportes útiles para analizar la situación entre una actual en el mundo y sus posibles desarrollos (A condición, claro, que no se pierdan de vista las diferencias fundamentales y otra realidad).

Como en el resto de Latinoamérica, la guerrilla y los mecanismos represivos contra ella eran realidad en Argentina desde más de diez años antes del 29 de mayo de 1970, cuando fue secuestrado el ex-presidente Pedro E. Aramburu. El peronismo proscrito, después de la experiencia embrionaria de la Resistencia, ensayó aventuras asociadas con los nombres de Uturunco y Taco Ralo, formándose en su seno las FAP, Fuerzas Armadas Peronistas. Desde Cuba, Ernesto Guevara impulsó el enloquecido proyecto del Comandante Segundo, el Ejército Guerrillero del Pueblo y - ya descartando la mitología campesina - sentó las bases de las FAR. Con origen nacionalista y algunos rasgos fascistas, creció Tacuara, que iba a emplear tácticas de guerrilla urbana antes que los Tupamaros en el Uruguay. Finalmente, y ya en la segunda mitad de los ‘60, un partido trotsquista, tras la correspondiente asamblea, se dedica a formar una organización político-militar, el ERP, y prepararle una base territorial en Tucumán.

Con todo esto, en los ‘60 la guerrilla no era una parte importante de la política para la mayoría de los argentinos, y muchísimo menos aún de su vida cotidiana. Excepción hecha de la minoría de jóvenes politizados, donde en cada uno de los grupos en que se expresaban y dividían las corrientes ideológicas se discutía la posibilidad y legitimidad de la lucha armada. Y aún entre ellos, los que consideraban en serio tomar las armas (a favor o en contra de la Revolución) eran muchos menos que los que debatían el tema. Eran, en substancia una minoría.

Las movilizaciones estudiantiles contra Onganía de fines de esa década, y luego y sobre todo el Cordobazo, cambiaron el clima social. Pero fue el secuestro Aramburu el hecho que, como ningún otro, introdujo a la guerrilla urbana como el de instrumento político más poderoso de los tiempos que comenzaban. No importó que militarmente apoderarse de un general retirado tuviera menos peso en la relación de fuerzas que robarle la pistola a un policía. Tampoco importó que, antes de pocos meses, la mayor parte de la conducción original de la organización responsable, Montoneros, estuviera muerta. Ni siquiera importó que tanto públicamente como en el seno de algunas organizaciones de cuadros del peronismo se afirmara que el secuestro tenía complicidades y motivaciones en el mismo gobierno de Onganía. De inmediato, la "orga" comienza a crecer, se fusiona con las FAR y absorbe a la mayoría de esas organizaciones de cuadros jóvenes. Antes de dos años, Montoneros era la fuerza hegemónica de la Juventud Peronista y el referente ineludible - sólo detrás de Perón - del proceso revolucionario que se abría. En tres años, estaba en control de buena parte del aparato del Estado y el enfrentamiento con Perón se hacía inevitable.

Queda entonces claro lo que estoy planteando: los hechos que produce la guerrilla urbana, incluso por supuesto los de su expresión más extrema y antigua, el terrorismo, son hechos políticos y no militares en sus objetivos. No están destinados a destruir o a debilitar las fuerzas de su enemigo; la intención es atemorizarlo o, frecuentemente, enfurecerlo (en una jerga ya pasada de moda, "desnudar su naturaleza represiva"). Sobre todo, están dirigidos a aquellos a quienes se quiere convocar y sumar, mostrándoles voluntad, audacia y la capacidad de golpear a quienes se odia.

La red Al-Qaeda no aspira a tomar el poder en los Estados Unidos, y recuperar el territorio que hoy ocupa Israel es sin duda una aspiración antigua pero no inmediata. El conflicto en Afganistán será trágico, pero no decisivo; como lo dirían los yanquis, es un "side show". La tarea de Osama bin Laden, y la de sus sucesores cuando él caiga, es organizar a los jóvenes musulmanes que, desde las Filipinas hasta Londres, sientan la atracción de su mensaje de heroísmo, muerte y odio al poder estadounidense. Sus objetivos inmediatos no pueden ser otros que la toma del poder en países islámicos de mayoría sunnita, desplazando a sus actuales gobernantes, hostiles, neutrales o favorables, pero que no acepten ser sus instrumentos, parte de la estructura política-religiosa-social que el denomina con un antiguo nombre, el Califato.

Por supuesto, esto puede estar más allá de la capacidad organizativa y política de quienes lo intenten. También es posible que el Islam rechace, desde su propia cultura y sus valores, condenándola a la esterilidad, una propuesta que combina extrañamente la vertiente integrista y puritana de la más pura tradición sunnita, el uso de la muerte propia y ajena como instrumento de poder de algunas tradiciones shíitas, y las más modernas metodologías de organización y comunicaciones de Occidente. Esto da para otra historia. Pero el 11 de setiembre de 2001 el fuego en las Torres Gemelas alumbró un camino siniestro, que todavía no sabemos hacia donde lleva, pero que nos propone, inevitablemente, un desafío casi existencial.

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