¿CRUZADA vs. JIHAD?

¿Una Guerra Santa se combate con otra Guerra Santa?

por LUIS MARIA BANDIERI

En algo estamos casi todos de acuerdo: el 11 de septiembre de 2001 comenzó realmente el siglo XXI.
La flecha del tiempo histórico viaja sin pausa hacia un destino inescrutable. A veces, inesperadamente, nos lanza un destello de advertencia. Son los oscuros avisos que los hombres, desde siempre, hemos tratado de descifrar. El siglo pasado, el Novecientos, ha sido llamado "el siglo breve". Se afirma que transcurrió entre el estallido de la Primera Guerra Mundial (1914) y la caída del Muro de Berlín (1989). Prefiero situar su inicio en el hundimiento del Titanic (15 de abril de 1912), cuando el sueño de la tecnología redentora, arrastrado desde fines del siglo XIX, mostró sus límites de modo sobrecogedor. Casi todos los que han opinado desde el derrumbe de las Gemelas expresan, bajo diversos registros, la impresión de que ese día marca un punto de inflexión epocal, un mojón planetario a partir del cual lo antiguo y conocido y lo nuevo e ignorado se desmarcan y separan. Por cierto, la cuestión es poliédrica y puede ser examinada desde muy diversas facetas. Quisiera concentrarme ahora en su análisis a partir de los conceptos de paz y guerra, amistad y enemistad.


Los signos evidentes de poder, prosperidad y seguridad de la aldea planetaria que se refleja diariamente en las transmisiones por televisión de las grandes cadenas y sus múltiples subsidiarias, fueron golpeados sangrientamente por un invisible enemy. (Escribo a través del velo de ignorancia que tiende la inmediatez de los hechos y sin ninguna pretensión de desentrañar autorías). A medida que pasan los días, ese enemigo invisible va tomando un perfil, el de grupos musulmanes fanáticos, que se extiende como una mancha de tinta hasta abarcar globalmente a todo el Islam. La aldea planetaria fue lacerada a designio en su ombligo y cúspide, la república imperial norteamericana. Los EE.UU., bien lo sabemos, no son un estado nacional que acaba en sus fronteras. Representan, emblemáticamente, el costado luminoso y el costado nocturno del mundo que se encolumna tras el Progreso y el Desarrollo, en otras ocasiones llamado "mundo libre" o "mundo civilizado". Y así como el Atlas estadounidense carga sobre sus hombros el globo de la aldea planetaria, también se advierte que su mundo no es todo el mundo, todo el planeta. Contra esa constelación de creencias y valores se levanta otro mundo, otra aldea global, que extrae básicamente del Islam su constelación de creencias y valores. En forma acelerada, este conflicto universal se absolutiza y cada uno de los contrincantes tiende hacia los extremos, buscando que se disuelvan matices, reservas, distingos y toda actitud de tercero neutral. El Islam quiere ser reducido a la interpretación de la guerra santa, de la jihad, expresada por sus fanáticos extremos, que apunta a que, por la vía del sable, todo el planeta sea Dar-al Islam, casa del Islam. El "mundo civilizado" de cuño judeo-cristiano proclama, por boca de cierta alta dirigencia norteamericana, la necesidad no ya de sanción o represalia contra responsables comprobados de una hecatombe, sino de una cruzada definitiva contra el principio del mal. Se apunta, patéticamente, hacia el Armaguedón o la "madre de las batallas".

De allí las características maximalistas de este conflicto planetario. Su novedad frente a los precedentes aparece clara en la insuficiencia de las analogías intentadas en principio para situar el ataque, donde se reflejan más las diferencias que las semejanzas. Así ocurre con las comparaciones respecto del bombardeo a Pearl Harbour de 1941, por ejemplo. Los atacantes integraban entonces una fuerza armada con uniforme y bandera, que apuntaron a objetivos militares de otra fuerza armada con uniforme y bandera. La comparación con los kamikaze japoneses también resulta precaria, ya que integraban un cuerpo militar que, conforme el código de honor guerrero, el bushido, se suicidaban sobre objetivos militares del enemigo. Los blancos puramente civiles, en cambio, fueron buscados, durante la misma guerra, mediante operaciones aéreas "normales" de ambos bandos.

Una cierta interpretación de la teología islámica sirve de zócalo justificativo a los ataques suicidas de terroristas como el que abatió el World Trade Center e incendió el Pentágono. Jihad, en árabe, significa tanto "esfuerzo" como "guerra". Tradicionalmente, ha prevalecido la interpretación militar de la jihad como deber de guerra que ha llevarse contra el infiel, el apóstata y el rebelde. Los intentos de entenderla en un sentido espiritual (la "gran guerra santa" que cada uno libra en el interior de sí mismo) no prevalecen entre los ulemas o doctores islámicos. Por otra parte, el shahid o mártir islámico, a diferencia de los mártires judíos, cristianos o budistas, muere matando infieles y la importancia de su martirio parece estar en relación al número de enemigos que lleva consigo.

A la inversa, las Cruzadas fueron, en cierto modo, una guerra santa del cristianismo contra los musulmanes que ocupaban el asiento del Santo Sepulcro, como se observa sobre todo en la predicación popular de la primera Cruzada por Pedro el Ermitaño. Durante siglos combaten por el dominio europeo cristianos y musulmanes. Los primeros logran contener a los segundos en Francia y a las puertas de Viena; se los vence y expulsa de España y en Lepanto (1571) se destruye el poder marítimo islámico (reducido desde entonces a incursiones piratescas). En esas continuas guerras, surgen reconocimientos mutuos, limitaciones a la dureza del conflicto, treguas y entendimientos, que permitieron, por ejemplo, la convivencia en la España islámica, el Al-Andalus, de las tres religiones del libro, descendientes del tronco abrahámico (judíos, cristianos, musulmanes) o a Federico II reunirlas en su reino siciliano y entrar pacíficamente en Jerusalén y coronarse allí rey, por medio de un pacto con el sultán de Egipto.

Luego de notables apaciguamientos, la hostilidad entre el mundo islámico y el mundo cristiano habrá de reavivarse desde 1948, con la creación del Estado de Israel, que, en los hechos, para poner fin a la diáspora del pueblo judío inaugura la diáspora del pueblo palestino asentado en el territorio de la nueva unidad política. Para los dirigentes del mundo islámico, tanto la Gran Bretaña como los EE.UU., con la complicidad del Occidente cristiano, forzaron el establecimiento del Estado de Israel y lo sostuvieron luego en las sucesivas guerras contra él libradas. De allí el auge de los "fundamentalismos", tanto judío, como cristiano o musulmán. "Fundamentalismo" es una expresión que surge en los medios cristianos protestantes de los EE.UU. y puede definirse como la actitud de quien afirma su propia creencia (religiosa, política, etc.) como la única válida, con exclusión intolerante de todas las demás, y está dispuesto a ejercer violencia, que supone justificada, sobre quienes no la comparten o aún sobre los indiferentes a ella. El fundamentalismo judío, cuya expresión son los "colonos" que ocupan a la fuerza y bajo protección armada los barrios árabes de Jerusalén, pretende reconstruir el Templo -del cual sólo quedan en pie la explanada y el Muro de los Lamentos-, para lo cual se deberían demoler las mezquitas de al-Aqsa y el Domo de la Roca o mezquita de Omar. El fundamentalismo islámico quiere el aniquilamiento del Estado de Israel y sus dirigentes religiosos han emitido una fatwá, o mandato jurídico religioso, que ordena la jihad contra Israel, los EE.UU. y Europa occidental, con acciones terroristas a realizar en cualquier lugar del mundo. El fundamentalismo cristiano prevalece en algunos círculos bautistas norteamericanos y tiende a considerar -luego de la caída del imperio soviético- los acontecimientos políticos en Medio Oriente según las profecías sobre los últimos tiempos contenidas en el libro de Daniel y en el Apocalipsis, a la luz de las cuales se considera al Islam como una religión proveniente de una revelación demoníaca y a sus dirigentes se los identifica con los seguidores de Satanás en los últimos tiempos. Estas líneas fundamentalistas no están exentas de influencia en la toma de decisiones políticas, y la absolutización de las posiciones de los protagonistas de estos conflictos hace temer que el margen del componente fundamentalista en tales decisiones vaya en aumento. Se ha dicho que, para entender cómo funciona la mente de un fundamentalista islámico hay que remontarse al Medioevo. En puridad, para entender cómo funciona la mente de un fundamentalista de cualquiera de las tres religiones del Libro, hay que remontarse más atrás aún, al desierto donde, según apuntaba en su tiempo Ernesto Renán, nacieron las variantes monoteístas.

Curiosamente, hay otro componente que aviva la intensidad le conflicto, y no proviene de fundamentalismo alguno, sino de la racionalidad esclarecida del Siglo de las Luces. Este componente es el pacifismo cosmopolita que alcanza su máxima formulación en el folleto "La Paz Perpetua", que Kant publicara en 1795. No es éste el lugar de discutir los antecedentes ni el planteo kantiano, pleno de actualidad, por otra parte. Kant ya había afirmado, en otro lugar, que la idea de una "paz eterna" era simplemente reguladora, es decir, no realizable de inmediato. Pero sí era de posible cumplimiento la eliminación de la guerra como instancia resolutiva de los conflictos entre Estados. Más aún, Kant afirma, más allá del derecho de gentes, es decir, de un derecho inter-nacional, inter-estatal, la necesidad de un "derecho cosmopolítico", que cualquiera pudiese invocar como simple ciudadano del mundo (y está hoy surgiendo ante nuestros ojos).

El último intento de realización del proyecto kantiano tuvo lugar al momento de culminar la Segunda Guerra Mundial, cuando se echan las bases de las Naciones Unidas. La guerra queda proscripta, y el recurso a la fuerza reservado sólo a la organización, que obra, en ese caso, como un instrumento jurídico político de la Humanidad. El enemigo, pues, se convierte automáticamente en un enmigo del género humano, quedando despojado de tal condición, y aplastable a como dé lugar. El resultado de este planteo, llevado al extremo, es la eliminación de las guerras abiertas y declaradas, y su sustitución por una guerra civil global difusa, ubicua y permanente, sin regla alguna, y donde cada contrincante cree representar la única Humanidad realmente vivible, con daño, precisamente, de la con-vivencia a escala planetaria. Mientras duró la guerra fría y el esquema bipolar de poder mundial, las consecuencias extremas del planteo no salieron plenamente a la luz, producto de un relativo equilibrio entre las acciones mutuas de guerra secreta llevadas a cabo entonces, de que informan los archivos de la CIA y de la KGB (obtenibles en el mercado negro). Pero a partir de la caída de la URSS y del surgimiento de las tendencias globalizadoras, especialmente a través de diseños tecnológicos reticulares que se rigen por la lógica de sus propios programas, convirtiéndose en emisores de decisiones de decisores sin rostro ni responsabilidad (calificadoras de riesgo, consultoras de flujo de inversiones, auge de "sistemas expertos", etc.), la noble idea kantiana vuelto loca parece destinada a cuajar en una soberanía global anónima, cuyas decisiones impersonales resultan de una previa puja entre poderes indirectos e irresponsables. A este esquema se opone radicalmente el mundo islámico, porque lo entiende como una "occidentalización" o "judeocristianización" forzada del planeta. Pero el Islam, expresado por sus elementos más radicalizados, tampoco plantea una convivialidad cosmopolítica, sino una conversión forzada, a sable y bomba, del planeta entero en una morada islámica, cuyos posibles beneficios muestran los talibanes afganos con su brutal odio a las mujeres y reduciendo a pedazos las estatuas de Buda.

Luego del atentado, el pueblo norteamericano mostró la poderosa fibra de su carácter, ante todo formando un haz compacto detrás de sus dirigencias. Muy al contrario procedimos nosotros luego de los atentados a la embajada de israel y a la AMIA, sumiéndonos en la autoflagelación y las acusaciones internas cruzadas. Por otra parte, la sociedad norteamericana vuelve a sus raíces religiosas, presente en sus mitos fundadores a través del covenant de los padres peregrinos, que obra como un "testamento" -en el sentido bíblico de pacto- entre Dios y el pueblo predestinado. Esto es muy loable, por cierto, aunque no exento del peligro de resultar contaminado por la lectura teológica fundamentalista a que la violencia sufrida invita. Hay ya declaraciones oficiales, incluso del presidente George W. Bush, que incitan a una suerte de cruzada judeocristiana contra la correlativa jihad islámica. Una guerra santa contra otra guerra santa. Ante la mirada, agreguemos, del mundo asiático, hinduista/confuciano, que podría jugar el papel de tertius gaudens, de tercero aprovechador frente a los protagonistas de una lucha terrible y prolongada.

"Nadie es la patria", dice un verso Borges que se aplicaba exactamente a nuestra guerra civil de los años 70, cuando diversas "patrias" se disputaban la exclusividad y supremacía, reduciendo cada una de ellas a las otras a la categoría de enemigos a los que no podía caberles ni justicia. "Nadie es la Humanidad", podría parafrasearse ahora. Quien dice Humanidad quiere engañar, afirmaba en su tiempo Proudhon, en frase que luego reviviera en sus análisis Carl Schmitt y, actualmente, Danilo Zolo. Nadie, o ningún sistema político, cultura, civilización, modo de vida o relación particular entre el hombre y el mundo puede proclamarse el único modelo universal necesario y correcto. Los universalismos en pugna deben dejar paso a un equilibrio de particularismos en convivencia, si queremos sobrevivir como especie. El lenguaje político y cotidiano debe cuidarse de los falsos universales del tipo "el Islam debe pagar" o "la soberbia capitalista debe ser castigada". Todos ellos conducen a celebrar sacrificios de sangre sobre los altares del miedo. Una cruzada contra la jihad, y a la recíproca, sólo servirá a una escalada de la violencia planetaria cuyo límite no puede advertirse, ya que el animal hombre no los posee por naturaleza y sigue siendo la peor arma contra el mismo hombre. El siglo XXI debe serle infiel al siglo XX y no continuarlo en la vía del exterminio. Pero, de seguir en aquella vía, lo que en el XX creímos un infierno, será considerado un simple purgatorio.

2001. Todos los derechos reservados.

Luis María Bandieri

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