EL FIN DE LA ILUSION

Escribe

Edgardo Arrivillaga.

Los Estados Unidos se encaminan hacia una vasta operación antiterrorista a escala mundial con la implacable inexorabilidad de un inconmovible reloj de arena. Preparados por años para una guerra termonuclear que, después de Chernobyl era evidente que jamas tendría lugar -el rudimentario pero eficaz sistema de ataque de los pilotos islámicos- con o sin conexión local, provocó el veinte por ciento de las bajas americanas sufridas en Vietnam en solo una media hora de acrobático ajedrez aéreo.


La superpotencia no estaba preparada para ello.

Los sistemas de alerta temprana estaban si en alerta pero contra los misiles intercontinentales, regionales a lo sumo y los nuevos escenarios pergeñados por el War College o el Centro de Estudios Hemisféricos o en la National Defense University, el Institute for National Strategic Studies o la misma Carnegie Comision on Preventive Conflict, apuntaban a lo obvio: la anarquía eterna, la liquidación gradual de los estados nacionales por efectos de la globalización tecnológica y la configuración de escenarios en los que los Estados Unidos serian la vigorosa y terapéutica policía del nuevo desorden.

Se encaminaban -por lo menos hacia afuera- a ser una especie de gendarmería internacional, algo a medio camino entre el ejercito sueco, los rurales mexicanos o la mítica Policía Montada del Canadá. Blandian también la espada ideológica de una rudimentaria internacionalización del derecho penal queriendo establecer un nuevo espacio jurídico para buscar una paz unilateral, un acuerdo consigo mismos, una paz por separados, en ese nuevo mundo unipolar en que la fortaleza América se encontraba rodeada por el "gran desorden bajo el sol" anticipado en los setenta por los maoístas y en los que la nueva coyuntura desdibujaba un arco de crisis definido.

Y este arco de crisis llevaba nombres precisos pero sin enseñanzas homogéneas como el cuaderno de un meticuloso escriba de la crisis. Panamá, Somalia, Haití, Bosnia, Kossovo, Macedonia y cierta cínica ambivalencia necesaria a la madre de todas las operaciones de policía: la expansión y repliegue de Bagdhad sobre Kuwait, respetando sin embargo -por consideraciones políticas y sobre todo geopolíticas, para nada jurídicas- al régimen de Sadam Hussein.


LOS PUERTOS DE LA LUNA

La visión que tuvo el mundo del elegante atentado y de la ensoñación de la masacre se debió a la lentitud del desplome de las altas torres (una detrás de la otra, sí, exactamente como en el dominó geopolítico que se vaticinaba para Indochina y que luego enfiló hacia Europa Oriental; a la ausencia de ruidos, de gemidos, de descuartizamientos visibles y de espanto en las calles. Parecían efectos especiales, pero no lo eran. La televisión había sido por una vez compasiva y precursoramente marcial como en una batalla del siglo XIX, o por lo menos su espíritu y la lentificación tenía el efecto especial de una película de Hollywood con toques de Fantasía de WALT DISNEY y sólo faltaba algo de la romántica música de Tchaicowsky.

El atentado más mortífero montado con la mano experta de Orson Welles y en verdad la comparación no resulta demasiado ociosa. Era la guerra de los mundos en Nueva York, pero no había marcianos ni americanos despavoridos que huían fuera de la ciudad hacia los campos y las montañas. La guerra fría había esterilizado las grandes emociones de un pueblo y si hubo miedo, ese miedo no superó los gestos hiperrealistas a los que nos tiene acostumbrados el cine catástrofe.

Solo había kamikazes islámicos, con entrenamiento de combate (luego se supo que así era, efectivamente) con tácticas de piratería aérea y con una mística del encierro que los había llevado a pasar días, semanas, meses encerrados entre y dentro de sí como si aun estuvieran en el pelado desierto, donde solo sobreviven dos grandes individualistas que son los camellos y los escorpiones.

Forma parte del entrenamiento de quién se va a autoinmolar -se dijo mas tarde- y sí, de esa forma los preparan en las escuelitas de Sudan, de Kabul, anteriormente del Líbano y el truco es simple: deben estar encerrados en comunidad -la palabra árabe serrallo viene a la memoria- para no perder el autocondicionamiento de combate, en verdad, del ultimo combate. Es el universo mental del asesino-suicida, como nos instruye un seco informe de la RAND CORPORATION y que se ha visto confirmado con los niños suicidas que se encuentran en medio oriente, pero también en Japón por problemas de autoexigencia y hasta entre los ya desaparecidos kmer rouge, los adolescentes naranjas mecánicas cultivados en el sudeste asiático.

Efectivamente, cosas asiáticas que han llegado al corazón de Occidente. Como la secta de los asesinos -hindúes, también- y esos extraños hombrecitos que piloteaban aviones de baja tecnología occidental -no eran mirage ni harrier ni aviones invisibles, como el derribado por la artillería serbio-china en Kossovo y que -sin embargo habían sido inquietantemente eficaces y mortíferos- como si hubieran salido de los puertos de la luna para abatirse sobre las torres hiperpobladas de Occidente. Altas, atrevidas, simbólicas y rebosantes de exasperante poder financiero y hasta carnal, como antiguos Budas revisitados por la cultura de la modernidad.

Si, los Budas de Afghanistan son una de las claves de la matanza. La otra, los puertos de la luna. Porque en la luna ya estaba pensando un americano que quería suceder a Kissinger y a Brzerzinsky y esto hace más interesante el inicio de la guerra que incluirá a Occidente y -si es necesario, hasta al extremo periférico del extremo Occidente.


LA BLASFEMIA Y EL APRENDÍZ DE VON BRAUM.

Hay cosas que no ocurren por casualidad. Deflagran, con efecto simpatía, como nitroglicerina bajo el sol y también de alguna manera, por fatalidad.

Cuando Bush el Joven asumió la presidencia luego de la larga guerra civil metafóricamente ejemplificada en el exasperante recuento de votos manual del condado de Talahasse -un neo en el sistema similar al neo en la seguridad, evidenciada en los atentados de setiembre- ya se sabía que su equipo de política exterior estaba dramáticamente dividido. Era básicamente un equipo heterodoxo para un gobierno que se pretendía conservador y dinástico, es decir sucesorio. Pero la realidad era otra, el equipo de Bush el Joven presentaba un perfil de antinomias internas casi delarruista pero con dos vértices bien definidos: el exitoso general de color Colin Powell, héroe del desierto, un buen logístico pero para nada un Rommel, que expresaba la visión apaciguadora del imperio -una especie de Dante Caputo si la familia Caputo hubiera elegido el barco correcto- pero también un Caputo alto, buen mozo como Sidney Poitier y que más que secretario de estado de un gobierno americano republicano, parecía querer capturar anticipadamente los votos del abandonado tercer mundo y ocupar, algún día, el puesto que desempeño con buen éxito de relaciones publicas Boutros Ghaly

En el otro extremo se encontraba un especialista en temas estratégicos, de inteligencia y defensa -Ramdolf Rumsfeld- el hombre que siendo muy joven había hecho saltar una negociación de Kissinger con los soviéticos (un acto precoz de parricidio político? ) y que ahora miraba los gastos de la defensa con un lápiz rojo en la mano y sobre todo observaba la extensión de los océanos, que eran y en alguna medida lo son aún, esencialmente británicos y luego, como atrapado por un hechizo científico-tecnologico miraba hacia el espacio y soñaba con la quinta fuerza espacial, interestelar, míticamente interplanetaria.

Y el espacio era más grande que el mar y que la tierra. Era decididamente más grande que todo.

Durante el siglo XX los americanos han tenido básicamente dos pensadores sistémicos en materia de relaciones internacionales y -de forma paralela- un practico ingeniero alemán que venía catapultado directamente de la tierra de sombras sombreadas de los Nibelungos derrotados y que colocó a América del norte en el centro de la carrera espacial como su antecesor y oponente en la barricada lo había hecho al detonar parsimoniosamente Hiroshima y Nagasaky

Pero Oppenheimer era un hombre con intereses múltiples y múltiples cuestionamientos filosóficos Von Braum no y el doctor Kissinger era un alemán enamorado de la Europa del equilibrio, sin guerras ni devaluaciones de la libra esterlina por casi un siglo, que habían plasmado la sutileza de Metternich y Talleyrand, dos cerebros finos, de sobrevivientes con córtex vitamínicamente nutridos y esencialmente aptos para todas las estaciones. Europeos, es decir sobrevivientes inevitables.

Brzerzinsky había sido la feliz contrafigura del papa polaco y su logro más importante fue sentar las bases para la derrota soviética que culminaría con una sonrisa amable Reagan.

Pero como tenía prisa, no tenía demasiados escrúpulos y de alguna manera había sido el demiurgo que había dado vida a los hombrecitos que venían de la luna y enfilado sus aparatos de bencina ardiendo, peso especifico y rehenes involuntarios hacia las torres de Manhattan. Había dado vida a varios Bin Laden antes de tiempo y -junto con los ingleses- que algo saben de religiones violentas, de derviches, de Madhis y de ulemas santas que catapultan mensajes en clave desde los minaretes de las mezquitas había observado el crecimiento de otro Franskenstein; el ayatollah que se hacia transferir las remesas de libras esterlinas desde su banco en Londres hasta su Teherán recuperado.

Si, la liquidación del Sha, impuro y ocidentalizado que quería potencial nuclear amasado con científicos argentinos -Castro Madero y Stepanicih y tantos otros- había sido una operación frankensteniana como frankenstenianas habían sido algunas operaciones de la CIA, eternamente enfrentada a los hombres de las camisas impecablemente blancas, del FBI.

Y que importaba, sostenían algunos, los mismos que después del 11 de septiembre tiemblan por los presupuestos para las agencias gubernamentales del 2002. Y si, visto desde cierta perspectiva, desde cierta óptica relativista y casi hasta poética la propia novela de Mary Shelley era todavía estudiada en literatura inglesa como un mito superior, un escalón mas alto en la evolución tecnológica, el verdadero Nuevo Prometeo -que era el verdadero titulo de un libro escrito en Ginebra para ganar una apuesta- entre tres aburridos ingleses.

Pero Bin Ladem era real. Era producto de un entrenamiento especial, del conocimiento de ciertos recursos y resortes y de la increíble posesión de una fortuna personal hereditaria, amasada en el negocio de la construcción saudí y que consistía básicamente en la refacción y mantenimiento de las mezquitas de países importantes del mundo árabe. Una misión dorada -El equivalente de las católicas utes de la península itálica, de la oficina de construcciones del estado vaticano y en eso -Bin Laden, parecía ser la contracara de Agnelli, un burgués nacional saudí que había encontrado su nicho, su ventana de oportunidad en una malla de pobreza, fuegos de artificio y fatalismo. Pero era también, y no hay que olvidarlo, un combatiente antisoviético, es decir, un hombre con una misión.

Exactamente como Ramsfield, ninguno de los dos en este clima de ligereza postmoderna parecía ser un hombre común y entre el burócrata de la inteligencia americana y el omnipotente nuevo mahdi -ya instalado en Kabul- había un elemento en común: ninguno cultivaba en su jardín privado plantas prosaicas. En palabras simples, ninguno era un hombre del montón.

Para el reconcentrado Ramsfield el objetivo era claro o -al menos- humanamente claro. Aniquilar y racionalizar bases en el exterior, optimizar los recursos de tierra y preparar las empalizadas de una América insular bioceánica para establecer el dominio del espacio, del escudo espacial, estableciendo un gradiente de superioridad, de control y de deterrencia insuperables.

Algo similar había hecho la Inglaterra victoriana después de la derrota de las flotas españolas y francesas en los mares, avalanzándose a adueñarse de las islas, los peñones, los estrechos y hasta los canales; fortificándolos con el despliegue de una flota infinitamente superior a todas las existentes, con buena artillería pero construida substancialmente a bajo precio en los astilleros hindúes de la gema del imperio. Este esquema se había mantenido, con sus altas y bajas por lo menos hasta bien entrados los cincuenta. Luego vino el welfare state.

Pero Ramsfield no había advertido algo importante, algo definitivo, algo tan crucial que debió habernos puesto sobre aviso a todos. Hace solo pocos meses, cuando los talibanes anticomunistas comenzaron a masacrar las estatuas de Buda, único producto elaborado en una Kabul cimentada en el opio para los laboratorios de Occidente, destruyendo el museo imaginario de la cultura mundial, algo debió haber advertido a los occidentales de que algo terrible se estaba incubando en el Asia profunda y montañosa. Algo podía encender un fuego rojo en la inteligencia occidental y presuponer que en días de luna llena algunos monstruos redentores del Asia no contaminada por los intercambios comerciales del Mediterráneo, estaban comenzando a revivir y que desde las montañas -pulidas y relucientes como sartenes resplandecientes bajo el sol del verano (ahora se acerca el invierno)- el profundo antisovietismo se había transformado en un profundo antioccidentalismo y curiosamente o no tanto si pensamos en nuestra propia circularidad, repeticiones y convergencias históricas, solo bastaba cambiar las coordenadas de los objetivos para continuar la Cruzada. Solo había que hacer una operación tan sencilla como atravesar un espejo e invertir la geografía e invertir la doble columna de mensajes de la modernidad. Y los objetivos persistían en ser los mismos. Tanto para atacar a los soviéticos como a Nueva York.

De esta forma la blasfemia incubó el atentado y el atentado castró de cuajo las fintas políticas en el gabinete de Bush el Joven.


EL MENSAJERO DE LA LOCURA

Probablemente el mensaje de Bin Laden y sus amigos simplificó dramáticamente las opciones de la sociedad americana.

Ya en Kyoto, en Durban, en los vericuetos del abandono unilateral del tratado de autolimitación nuclear, las cosas habían quedado a medio camino. No era en verdad la América optimista de Reagan, falsamente belicosa, naturalmente cálida y con una expansión económica insuperable, sino que era algo más complejo: una América que había renunciado a las seguridades bastardas que otorga el dialogo, sin desarrollar, todavía, los elementos básicos de la seguridad y -sobre todo- de la propia seguridad interior para el pueblo americano.

No era la América hipertotalitaria que soñaba la izquierda latinoamericana. Era algo más complejo, la sociedad de la acumulación y la sociedad que -después de Londres- marcaba el ritmo de la Bolsa de Valores pero que había accedido al "fin de la historia" por defección del oponente -o de la parte esencialmente europea del oponente. Pero no, no había sido en verdad el fin de la historia y la continuación de la zaga lo demuestra porque se había levantado un imperio solitario unipolar con la lógica de un arca de Noé tecnológica y una escasisima participación ciudadana en los beneficios y atractivos de la nueva frontera. El imperio lo hacían los consumidores, no mas los guerreros y allí se encuentra una de las claves más evidentes y a la vez secretas de lo que ocurrió. Los Estados Unidos son hoy un imperio multietnico pero a pesar de las oficinas y oficinitas que se despliegan como una miríada de alternativas en un catalogo estatal que tiene casi un millar de paginas, en la composición del estado americano, fácilmente se advierten elementos de uso consuetudinario que la mayoría del pueblo rechaza, buscando amparo en jurisdicciones locales, legislaciones de provincias irremediablemente anacrónicas y un sistema de creencias religiosas fuertes pero orgullosamente diversificadas entre si.

Allí el camino parece haber sido el inverso del de América latina, el pueblo precede a la nación y esta preexiste al estado. Serio problema de luna llena cuando el imperio llega antes que la consolidación del estado.


GUIRNALDAS ENVEJECIDAS ANTES DEL SACRIFICIO

Los hombrecitos kamikaze de los puertos de la luna han puesto en estado de alerta y balance a la sociedad americana pero también a la latina, subsidiaria de Miami y New York. También a la Argentina con la segunda colectividad de confesión judía del continente y que ya ha recibido -por dos veces- el fuego y el sable de los hombrecitos lunares. Cuando vayan llegando las bolsas de cadáveres o simplemente de miembros para identificación dactiloscópica y estadística mortuoria, se vera cuanto de sangre latina, hispánica y negra ha cimentado ese enorme cráter de trece millones de toneladas de ruinas funerarias y de Budas de la modernidad, yacientes en el polvo.

Pero para llegar a establecer correcciones será necesario redimensionar algunas libertades individuales, desvitalizar campañas pergeñadas y ya perimidas en los años ochenta y acentuar el énfasis en la homogeneización de las estructuras administrativas internas, incluyendo las de seguridad. Será necesario revisar aspectos de política exterior pero encarar la sistemática revisión, de forma simultánea, de un nuevo pacto federativo, una nueva unión que no será producto secular de la victoria interna en la guerra civil de masas que revolucionó el arte de la guerra poblacional, sino de las inevitables precauciones de una sociedad que se interroga y que busca protegerse.

Los hombrecitos de los puertos de la luna han apuntado derecho al corazón de Walt Whitman y las guirnaldas que coronaban el sueño de la ilusión americana ya no tendrán el verdor esperanzado primigenio.

Como las V1, al revolotear carnívoramente sobre Londres, los hombrecitos salidos de sus rudimentarias cavernas lunares han hecho matemáticamente trizas la ilusión-

La guerra occidental contra el primer terrorismo transnacional sin estado puede entonces -razonablemente- comenzar.

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